
Mi maestro el doctor Vicente Gracia lee, además de a los clásicos de la literatura, eruditísimos ensayos de historia medieval, filología de las escuelas francesa y alemana, y, también, sobre su especialidad, las ciencias botánica y entomológica. Mi otro maestro, Santiago Lamas, EXCLUSIVAMENTE a los griegos (vez tras vez) y a Shakespeare.
A mí, “arrauxadament” muchísimo menos sabio, todavía me seducen las modernidades y ternezas (las novedades), aunque más o menos la mitad de lo que leo son ya clásicos de todas las lenguas y culturas.
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Mi hermana (elegancia de efigie, temblor de mariposa en las termas de Caracalla) suele llamarme “intelectual melancólico”. Sí, acaso tal descripción se ajusta a la verdad; pero me incomoda lo de “intelectual”, pues solo soy un mero diletante.
Los diletantes melancólicos acusamos al mundo por no ajustarse a nuestros altos estándares estéticos y mentales. Y, como cochinos, hozamos en términos como “apocalipsis”, “decrepitud”, “decadencia” y demás. Estas creencias o verdades punitivas son en parte mitológicas. La melancolía es un regalo temible; niega el “sí” terminante a la vida.
Existe ahora una fuerza cultural (antidepresivos, psicología positiva, coaching, mindfulness, autoayuda) obsesionada con el regocijo, el placer sin conflicto, la satisfacción sin contrapartidas. Todo ello como apelando a una blanda insulsez, todos como ayudándonos con pildoritas de color rosa para eliminar el más mínimo conato de abatimiento. Una felicidad hueca, un confort superficial, esa pesadilla del sueño americano.
Si nos libramos de nuestros demonios, también vuelan nuestros ángeles. Acaso no debamos cargar demasiado las tintas sobre la sombra. Pero tampoco debemos cegarnos con la bonita felicidad de tarjeta postal, con la puesta de sol en el mar y los ciervos en el bosque, con las caras operadas para que desaparezca cualquier arruga.
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El mundo y la vida se componen de una tensión de opuestos: alegría y tristeza.
ESTUDIAR para mí fue y será algo hermoso, un empuje vitalista. Intuir, todavía muy brumosamente, el por qué y el cómo, las propiedades y la posible hipótesis, el modo y quizá la causa; esto me pareció siempre un milagroso placer.
ESCRIBIR, algo que en sí me resulta fácil, aunque sea consciente que hacerlo con arte es muy trabajoso (es extraordinariamente arduo conseguir altura en el aire de tus escritos), me arrastró a irresistibles afanes de euforia, y cuando me dejé llevar por el teclado casi en trance sentí estar en la misma gloria.
Y casi no puedo resistir lo que me gustó y gusta la BELLEZA y la NATURALEZA. Camafeos y esmeraldas, jardines y capuchones de torres ovaladas, tiaras y brazaletes donde se condensa la luz, campiñas en cuyas hierbas pastan las vacas, escenas invernales de Robert Frost, otoños, grandes versos: “le prince d´Aquitaine à la tour abolie”.
Y el SEXO, el AMOR, la COMIDA. Frente a las sensaciones obtusas, la claridad y la exactitud. La claridad y exactitud. Huevo con trigos kamut y carraón, pimientos confitados y dados de pato; así fue la piel o el corazón de la amada. Trufa de cacao y azúcar que guarda en su interior un cremoso chocolate y algarroba; así fue el interior del sexo de la escort.
A qué seguir (MÚSICA, el ARTE, las MATEMÁTICAS…) Casas de famosas estrellas de Hollywood que cuentan con todo tipo de comodidades, amplios salones, grandes balcones, terrazas, piscinas, salas de cines y jardines. Casas diseñadas a partir de divinos detalles.
Diletante melancólico, pero consciente gozador.
