Diario del zalapastrán 84

Tiempos deshechos, maltrechos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sudados, cansados, hechos un asco, destrozados, son, no se olvide, los nuestros, los peores de la historia, sin plan, sin finalidad, como orquídeas mordidas por buitres. Estupideces obstinadas, desgracia, abandono, soledad, pobreza, hombres toscos, deshonestos, incultos, mediocres. José Ingenieros:

“Hombres mediocres desprovistos de alas y de penacho, incapaces de volar hasta una cumbre o de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer hombre fuerte que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca llegan a individualizarse: ignoran el placer de exclamar “yo soy”. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse en una raza, en un pueblo, en una secta, en un partido, en una bandería; siempre a embadurnarse de otros. Medran apuntalando doctrinas y prejuicios. Nadan a favor de la corriente y varían con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito, es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Crecen porque saben adaptarse a la hipocresía social, como las lombrices a la entraña”.

La mayoría de hombres que nos rodean son refractarios al gesto digno y la idea propia, hostiles a la luz, la poesía, el arrojo, la emoción. Tiempos de elogio de lo subalterno, de conspicua difamación de la excelencia.

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“Espero demostrar que, sin excepción, todas las grandes creaciones y formas de la religión, del arte, de la política, de la sociedad, de la economía, de la ciencia, en todas las culturas, nacen, llegan a su plenitud y se extinguen […]”

Oswald Spengler, «La decadencia de Occidente».

“Lo que es ahora un caballo, con la velocidad del pensamiento,
las nubes lo disuelven, volviéndolo indistinto,
como el agua en el agua”.

William Shakespeare, «Antonio y Cleopatra».

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Odoacros y Atilas dominan los universos. Sombras cotidianas ásperas, dolorosa realidad, zumbadora colmena. Tiempos acalófilos, con un discurrir de la vida sin caridad. Época disparatada, inaudita, atormentada, repugnante y corrupta en grado extremo, ominosa, vitanda. En que simbólicamente nos atrapan y abaten como conejos. Calles enteras de un mirar siniestro, con aspecto de cobijar hombres sin conciencia, comerciantes, prestamistas, alcahuetas, turbios moros con el alma salpicada de sangre. La vida hiede a miseria, a vanidades interminables, a resignaciones inmundas; en una palabra, igual que los pobres de África, pero con menos hijos y menos ropa sucia y más champán. La gentuza buscando la nulidad, ese modesto vértigo para gilipollas. Solo ruido, sol y mugre. Solo conductas ignominiosamente viles y rastreras. Y odio. En una carta Céline expresa su odio hacia el género humano con total rotundidad: «Quisiera solo que otra guerra infinitamente más cruel, más larga, más devastadora aplastara enteramente a la especie humana. Ya no tengo otro sentimiento que el odio. Un odio absoluto, tranquilo, sin la menor vacilación». También en Quevedo encontramos una odiosa solución ofrecida al Conde-Duque en una de las cartas: «Parece medicina segura y descansada… que el Santo Oficio de la Inquisición a todo hombre que vivo e impenitente se deja quemar, le queme vivo con el propio secreto que le prende».

Ni una línea del mundo que ensalzar con la lengua. Rugosas o podridas frutas de otoño, lucha de sombras y espectros. Frondoso fango anegándonos. Tiempos cebones, gorrinos, tuncos. Tiempos donde huele a cebolla que apesta, huele horrores a cebolla. Donde hasta los hombres templados empiezan a hacer cosas necias.

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