Diario del zalapastrán 89

Vivimos tiempos de grisalla atroz y mediocridad embarazosa. Donde la prudencia se confunde con la pusilanimidad, la expresión culta con la pedantería, la moderación con la cobardía, la sensibilidad con la cursilería. Donde el carisma sustituye a la idea, el tuit al argumento prolijo, el espectáculo a la inhibición. Tiempos anubarrados que pretenden igualar la campechanía con la ignorancia, la espontaneidad con la descortesía, la tiranía con la autoridad. Tiempos privados de grandeza en que ocupan el escenario público indocumentados histriones. Tiempos achaflanados donde la EDUCACIÓN devino un desastre sin paliativos.

Educación copada por vaporosos diletantismos, por innovaciones y experimentos sin ton ni son, por el desprestigio de los contenidos intelectuales y el conocimiento a favor de la dictadura motivacional y emotivista. Educación donde pululan coachs irracionales y deslenguados, evangelistas tecnológicos, charlatanes desbocados, ineptos pedagogos y psicólogos, masajistas del ego de los alumnos. El estrépito no deja espacio para que reposen la razón, la ciencia y las evidencias. Se rebajó drásticamente el nivel de exigencia, se iguala en la mediocridad, se tienen aversión al mérito y el esfuerzo. Los nuevos tiempos educativos son bobalicones, buenistas, facilones, propios de la peor superchería, gaseosos, incompetentes, populistas, antiilustrados y, en el fondo, reaccionarios.

Efectivamente, reaccionarios. Porque los ricos siempre podrán sufragar una buena educación para sus hijos, y, si la escuela deja de ser un ascensor social, los pobres seguirán siendo clase subalterna y explotada o manipulada. Creo que nos quieren a todos ignorantes. Dóciles y sumisos. Moldeables a criterios ajenos. Que nos guste lo que no nos gusta pero a ellos les gusta. O acaso hay otra razón, más huxleyana: quieren que no aspiremos jamás a la sabiduría, a superar el nivel mental de una ameba, que no haga falta que nos prohiban los libros porque detestaremos leer, que nos convirtamos una sociedad dichosa en su ignorancia, hipnotizada o sedada con la televisión, el fútbol, las redes, la droga etcétera. No pretendenten manipularnos, sino hacernos a todos felices. Idiotas, pero felices. Imbéciles en su capuchón de idiocia feliz. Zombis felices pero que no sepan hacer la o con un canuto. La educación en España (y no solo aquí) conspira para cumplir a rajatabla, línea a línea, esta distopía.

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