Diario del zalapastrán 91

Un OBJETO o COSA, además de una clase de materia, también tiene una forma o espíritu, inaprensible e inconsútil en apariencia, pero real, porque al objeto se le asocia un símbolo (y recordemos que A es símbolo de B, si A representa a B de una forma natural o convencional), una emoción, una potencia, una intención o disposición, un mito, una alegoría, un fetiche, un aura, y tantísimos componentes más. Una cosa es un artilugio multifactorial, con dimensiones tanto concretas como abstractas.

Jabones, detergentes, vinos, refrescos, coches, televisores, sofás, libros, fotografías, móviles, collares, relojes, cazadoras, guitarras, pulseras, sábanas, ordenadores, etc…no son solo lo que son, sino las múltiples connotaciones que significan, no son solo los objetos a que se refieren o que designan, sino también la forma de hablar o de presentarse esos objetos.

Sentada esta distinción elemental, expongamos un poco alguna idea básica sobre la dimensión mítica y aurática de algunos objetos.

***

A. Cualquier objeto, concepto o idea es susceptible de convertirse en MITO. Hay muchas cosas donde es casi imposible discernir la cosa del entramado de ideas que conlleva. Mi primer axioma es: COSA=MITO.

-Hay objetos que se convierten en mitos, y mitos que a su vez definen LA SOCIEDAD DE CONSUMO DE MASAS. Notemos que el coche, el periódico que leemos, la ropa que usamos, por ejemplo, distinguen un sub-mito social; nuestro status dentro de esa sociedad de masas. Y a su vez sobrevuela un meta-mito, o mito de mitos, el mito que afirma que comprar es igual a ser feliz, el gran mito de las sociedades liberales. En personas con pocas defensas y vacío existencial, el impulso de comprar, la compra en sí misma, y, como colofón, una orgía de culpabilidad por lo comprado, son un frecuente mecanismo de conducta.

-Hay objetos que se convierten en mitos y mitos que a su vez definen constantes de la NATURALEZA HUMANA (señalan aspectos de la soledad, amistad, amor, compañía, del placer, dolor etc…) Nuestra estructura antropológica tiene un claro isomorfismo con los productos comprados o con aquello que anhelamos comprar.

Los objetos son instancias míticas y recordemos que los mitos contribuyen a interpretar, conocer, explicar, comprender, describir y predecir el mundo en que vivimos y, de rebote, a nosotros mismos. Gracias a las cosas, por una suerte de arqueología mítica, conocemos al mundo y conocemos a la naturaleza humana: las cosas nos forman, deforman, informan, conforman y reforman.

B. Los objetos, asimismo, tienen un hálito, aliento, un efluvio, un soplo. Mi segundo axioma es: COSAS=AURAS.

Para Walter Benjamin: “el aura propiamente hablando es una trama particular de espacio y tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que ésta pueda hallarse”. Hermosísima definición.

El arte ya no es único, reflexionó el filósofo, en nuestra era de la reproductibilidad técnica. Se puede reproducir prácticamente todo menos el aura de la obra de arte. Debido por un lado a la pérdida de unidad (una consecuencia tecnológica), y por otro lado a la pérdida del momento creativo, es decir, ese momento de la afirmación artística individual.

En nuestra vida personal podemos dividir nuestros objetos o adquisiciones, forzando un poco la terminología de Benjamin, en posesiones con aura y posesiones sin aura. Estas primeras, son cosas que están configuradas, o a las que se les asigna, algo así como una experiencia artística, estética, ritual, única, cercana, religiosa. Cosas resignificadas debido a avatares de nuestra biografía, y no meras y neutras manufacturas, o meros trozos de materia.

Una maquinilla de afeitar y la foto de mi madre adolescente apoyada en una Vespa (mi madre murió recientemente) tienen tonalidades emocionales opuestas, la segunda, además, perviviendo aureolada.

Las cosas importantes son prótesis de nuestras ánimas.

Deja un comentario