
Por suerte o por desgracia, me cayó encima una gran losa: ser español. Pueblo de zoquetes de hogaza de trigo y guiso de chayote, con dificultades para masticar por el canal ordinario con pluscuamperfecta imperturbabilidad. Pueblo de cultura de gacetillas y alimento de telerrealidad, y discurrir de prensa oficiosa, y el chirrión lamentable de los políticos.
Recuerdo a Ganivet: “A tal punto llega nuestra ignorancia y nuestra desidia, que hasta las cosas de nuestro propio país nos suenan a extranjeras en cuanto se apartan unos cuantos kilómetros del lugar de nuestro domicilio”.
Un español típico apenas logra escribir sino con trazos gruesos, con caracteres sin regularidad y ornamento arcaico. Y apenas piensa apoyado con hormas de negra cucarda. Ideas canijas, picudas (para herir o hacer daño), descuidadas, falsamente suntuarias, viejas, tópicas y sin gracia. Ideas con ruido de azadas, no de azadas agrícolas frescas, sino de azadonazos para rajar las traviesas y las cabezas. Qué brutos somos.
Brutos. Sin ecos de biblioteca y estudio. Aquí nadie, como Richard de Fournival en 1250, comparó la biblioteca ideal a un “hortus conclusus”, un jardín cerrado. Ni “Honra y prez de todo el orbe; tú, la porción más ilustre del globo”, ni “Pues esta España que decimos tal es como el Paraíso de Dios”: no, esperpento valleinclanesco. Ya escribió Agustín de Foxá que estamos “condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote”.
España: nadie entre aquí que sepa geometría.
