Diario del zalapastrán 93

En pocos casos se ve un aparato tan apropiado para enhebrar frases, tan preparado para escribir, que luego, al fin y al cabo, produjese una lengua tan poco efectiva. Ese es mi defecto como escritor, evitar la simplicidad llena y culta; monto un andamio con todas las herramientas, cultismos, musiquilla sintáctica, quito los nexos lógicos, las transiciones obvias, intento sorprender, y, en lugar de una catedral, me quedan dos ladrillos mal alineados.

No es necesariamente un mérito no vender libros, no nos engañemos. Ocurre, y tómese lo que sigue con extrema cautela, que soy demasiado inteligente para las mentes comunes de los lectores. Escribir es “arte de particular juicio”, fray Luis. Un espíritu pobre solo producirá escritos pobres. Y un espíritu rico (que el lector me conceda la exagerada licencia) no necesariamente producirá escritos ricos. Conozco el idioma, pero no sé aplicar todos los medios lingüísticos que requieren el expresar y contar con propiedad.

Doy vueltas en las inmediaciones de los adoquines, de las habitaciones de la casa, de las literaturas, medio mareado, ávido de trabajar, y oigo voces que refieren mi impecuniosidad crónica, la pobreza sin capital de mi lenguaje. Junto al brasero de cok sucumbo a esta funesta manía de pretender que me consideren escritor.

Me duele releerme; intuyo -constato- infamantes impostaciones, un deambular de paquidermo, un barroco lisonjero y gonorreico. Casi seguro que mi ignorancia inocente resulte de una sobrevalorada presunción de mí mismo. Como decían los antañones manuales de urbanidad, conviene vocalizar bien, no gesticular demasiado ni alborotar las manos, y evitar el mero chismorreo. A veces imagino mi prosa una chaqueta en tonos oscuros, azul marino o gris marengo, con camisa en tonos básicos y corbata. Clásica, culta y sencilla.

Si mi prosa tiene problemas con la seborrea o con la caspa, y de nada sirve un champú adecuado, debo acudir al dermatólogo, aunque me prescriba, ay, dejar de escribir.

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No deseo una imagen benévola de mí como escritor. Aunque leo atenta y reflexivamente, no escribo con cuidado debido a mi facilidad para escribir. Muchas veces mis perífrasis y el aflojamiento de las cláusulas lógicas, impiden que exprese de manera exacta y con claridad aquello que quiero. Pienso con palabras de humo. Hablo con palabras de ceniza. Escribo con esos rescoldos. A la primera suele salirme casi todo, por lo que no aclaro, enmiendo, pulo, suprimo, disminuyo, limo, escamondo, mejoro y perfecciono. Mi propensión numerosa y expansiva me juega también malas asadas.

Mi voluntad de forma es como la de un poblachón mudo y gris de película de los años cincuenta. Mi estilo no es espléndido como la capilla Médicis de Florencia ni emotivo como la vocecita de un niño. Sudo entre las letras a sofocantes golpes de tos, entre ásperos graznidos de cuervo. Se me ve sudando por el lenguaje como si lo hiciera por una amplia sobrepelliz de lana con mangas de embudo. Tengo esa voz propia del vestido raspado drapeado.

Mi literatura son sombras obscuras y congeladas de invierno. Pero la lectura me rejuvenece y recrea, me da vigor y broncea mi piel. De tanto leer, ya no tengo pensamientos, ni incluso palabras personales; todo lo mío es fecundamente ajeno. Escribo como un perfecto plagiador leproso.

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