
El sentido de la vida es la perfección individual. Buen gusto para griegos y latinos, ironía casi imperceptible, cultura canónica bien administrada con vistas a tu bienestar. Alguna pasión. Manchar un domingo aburrido unas cuartillas con unas elegías. Ser conversador delicioso -pese a estar torturado por una cierta e inevitable timidez- y un selecto amigo. Escribir con claridad, reflejo de un pensamiento asimismo claro, pero sin manierismos geométricos o gongorinos. Poca languidez y caída de ojos en la prosa, poco “efecto” como guiño al estilo kitsch, una veta ocasional de lírica. Dibujar, en una frase, el vuelo de un pájaro. Dibujar, con un adjetivo, el color de una piedra.
Mi vida transcurre a la busca de la perfección individual. La cola empenachada de un caballo. La duquesa joven y rubiácea. Sopa de lasaña con “dumplings” de ricota y, para cenar, enchilada de ternera. Mozart y Bach. No expresarse con palabrotas. Si se es artista, hacer visibles las cosas que la gente no suele ver. Vivir deliberadamente. Dar propina al botones cuando nos lleva las maletas o al camarero si trae el desayuno. No ser un poeta desorganizado. Y ataraxia.
