
¡Qué atardeceres diáfanos! ¡Qué fiestas! ¡Qué aventuras! Todavía recuerdo aquellas tardes de meriendas con mamá, su perfume, la majestad de la tarta de chocolate rodeada por platos con pastas y servilletas grises adamascadas.
Ahora vivimos un tiempo horrible, gilipollas. De vulpejas, lumias, churrianas, zorrupias, perendecas, mozcorras, hurgamanderas. De otarios, gilastros, gilimursis. Tiempos chanchos y marranchos. Y venga mombo, mambo, trombo, mondongo. Tiempos oscuros y garrapatos. Y venga majagranza, ganga, samba, bamba, gamba.
Qué tiempos aquellos con mamá. Los de las tartas arquitectónicas y bonachonas, tan familiares como imponentes, y el capricho -permitido- de quitar la corona de almenas de chocolate. Frente aquel pasado de niníveas obras de pastelería, sembrado de frutas escarlata al modo oriental, estos merluzos y horteras y analfabetos seres de hoy que me cercan.
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Pere Gimferrer paseándose por Barcelona vestido de estatua ecuestre ¿Se merece el Nobel, no?
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Yo me autodestruyo para saber que no soy ellos, decía el poeta y loco Leopoldo María Panero.
