
Época de efebocracia en lugar de la prudente madurez, de rumores tecnológicos sobre la inmediata actualidad en lugar de la filosofía de lo inmutable, lo único y el centro, de un altar politeísta de efímeros famosillos, de impropios adultos con mente juvenil, de ágapes, pucheros, cucharas y hornillos en lugar de buenos libros, de managers, telegenia, ejecutivos, publicistas, ingenieros, informáticos e intelectuales reyes por un día, de regocijo y refocile en los avatares narcisistas, de largas noches con abuso de somníferos, y drogas y ansiedad y depresiones, de la representación de la política en lugar de la política de la representación.
Época cuya extrema velocidad es igual al cambio radical, a la brutal transformación, a una inmoderada inestabilidad, donde no hay jerarquía, y mutó el milenario punto de vista sobre el hombre y la naturaleza, y donde no hay ya reposo, y todo se tira después de usar, un mundo huérfano de aquellos mitos mayúsculos consoladores (Progreso, Revolución, Historia, Dios, Vanguardia, Utopía, Futuro, Redención, Esperanza), un mundo en que la máquina desplaza al poeta, donde el agolpamiento, el conglomerado, la aglomeración, el sentirse arropado por la multitud equiale a cumplido destino, donde el espíritu lúdico anula cualquier otra moral, un mundo violento, con el furor delirante de un rodar incesante de novedades, y donde el arrebato frívolo sustituye a las preguntas complejas.
En fin, una época semi-analfabeta, anti-intelectual e inundada en un océano de irrelevancia.
Yo no pinto mucho aquí, entre tótems tecnológicos, apiñados turistas, deportes, consumo y consumidores. Solo necesito paz en mi hacienda, poca lluvia, la lividez arañada de las letras en un libro, los atigrados silencios de mi aldea, el vodka frío, y ser tratado con miramiento por mis iguales. Buenas noches y hasta la postrera, invencible, apaciguadora luz.
