
La literatura española tiene algunos problemas con la vanguardia y la modernidad. Tiene mucho de resecas croquetas de jamón, tortilla de patata cebollona de la abuela, o de atún encebollado, de filosofía escolástica de Tomás de Aquino y teología mariana y retrógrada, mucho de cuarrécano (calabaza) y cochifrito de cordero, de mollejas, ajos y garbanzos, y poco, muy poco en verdad, de espuma de judías blancas con erizos o gelatina caliente de trufa negra con piel de bacalao.
Abunda un pseudo-casticismo o vetas de humor de Arévalo, épica romántica de película de Sara Montiel, alegría a lo Marisol, y bullanga kitsch de chicas yeyé; parece que se añora al fox-trot, los tangos, la lambada, los valses, las absorciones anales de Cela, las galas de José Luis Moreno en fin de año; y uno juraría que se desprecia a la ciencia y a la tecnología, o a las modas y modos realmente juveniles.
El barbián, el aragonés fetén, el chulapo madrileño, el gracioso y desenvuelto andaluz, no son formas arcaicas, sino que perviven en distintos estratos de lo español actual. Lo extranjero, en el fondo, se mira aún con recelo.
Uno empieza a estar del Quijote, Mío Cid, el flamenco, Lorca -y los patéticos lorquinos-, los toros o la paella, y demás estofa tópica de ministerio franquista, un poco hasta los huevos.
