Diario de zalapastrán 100

Mal tiempo. Vendaval y aguacero. La casa aislada, colgada de la falda de una colina sumida en la oscuridad. Se han solidificado densos follajes sobre los que se escurre la lluvia comprometiendo la alegría. Estirado en la habitación con un libro, oigo el fragor del chaparrón y el viento barnizar hojas. Pende un hilillo acuoso de mi mucosa nasal. Me siento solo, alicaído y triste.

¿Qué me gustaría? ¿Qué levantaría mi ánimo? Gastar y comprar y ser rico como un faraón. El dinero. Váteres y grifos de oro, varios yates como las barcazas de recreo en su villa imperial del lago Nemi de Calígula, comprar cada capricho que atravesara mi mente: aviones, helicópteros, relojes, Rolls Royces. Regalar a una amante un bolso Kelly Himalaya Diamond de Hermès (474.000 euros), comprarme un reloj de mesa de Patek Philippe (9,35 millones de euros) Algo exclusivo, no necesario, de excelente calidad, de precios desorbitantes. Beberme un Romanée Conti 1945 (558.000 dólares) y que mi biblioteca albergue el Sinodal de Aguilafuente, impreso por Juan Párix de Heidelberg (Johannes Parix) en 1472.

De esta tristeza y esta lluvia solo me salvaría ser escandalosa y obscenamente rico. Trajes entallados azules del mejor sastre de París, mujeres hermosas, playas brillantes, islas tropicales. Y leer. Infinito tiempo para holgar y leer. Porque la lectura también es un lujo. Henry James lo expresa así:

“[…] He de confesar que una lectura atenta es lo que aquí y en cualquier otro lugar pido fervientemente y lo que doy por sentado; […] El disfrute de una obra de arte, la aceptación de una ilusión irresistible, constituye, a mi parecer, nuestra más alta experiencia del «lujo», un lujo que no aumenta, según mis mediciones, cuando la obra exige la mínima atención”.

¿Cómo será sentirse presa del espanto delicioso de ser archimillonario?

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Benet reivindicó el gran estilo a través de una lengua culta, paratáctica, trufada, siempre, por el aura de los vocabularios de la mineralogía, la botánica rural, la ingeniería, la arquitectura, la geología, y el apólogo moral.

Siempre me pareció una lengua paródica de sí misma, como si un hipopótamo tratase de recoger un guisante. A mi juicio, el artista literario no generaliza, o mejor dicho, su generalización no es abstracta. Por mucho que se piense, su actitud ante la vida es predominantemente emocional.

A Benet le perdían sus delirios racionales eruditos y cerebrotónicos.

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