LIMINAR
“Zalapastrán”, “zalapastrana”, son adjetivos en lengua gallega que vienen a significar sucio o de aspecto descuidado. Tienen como sinónimos: baldreo, bandallo, fargallón, pastrán, pelandrán, pingón, zampallán.
También se pueden usar los términos como sustantivo, y entonces entre su sinonimia hallamos: adán, badanas, baldreo, baldroeiro, baldrogas, fargallón, pastrán, pelandrán, pingón, torgallo, zampallán.
Existen muchos insultos o palabras gallegas eufónicas, muy bonitas, así “barallocas”; el barallocas -uno de los vocablos más utilizados en su uso general- define a ese tipo de personas que hablan mucho, pero tan sólo dicen parvadas. O “chafallada”, chapuza, “rosmar”, refunfuñar; insultos de fonética ondeante son, por orden alfabético, bulebule, cacharulo, cacholán, caguiñas, camanduleiro, chapón, chocalleiro, farfallón, fazañeiro, garatuxeiro, langrán, lareta, lercho, mexeriqueiro, moinante, pailán, palabreiro, pándego, panxolas, prosma, raposeiro, remendafoles, rexoubón, rifeiro, rincheiro, trampuzas o xan.
“Zalapastrán” viene a ser lo mismo que persona sucia y desarreglada, más o menos como zarrapastroso. Lo que los de aquí prefieren decir directamente “porco” (cerdo) O, en buen español, un “fargallón”, es decir, persona desaliñada y descuidada en el aseo.
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Por astroso y desaseado no se piense en mí, sino en la civilización que me rodea. En los liminares a otros libros de esta pentalogía, y por precaución, consideraba a mis mitos apocalípticos meras hipótesis. Ahora los creo certezas compactas y definitivas, indubitables. Está instalada una barbarie colosal.
Mis circunstancias, las de una soledad montuna, en mi huerto y mi finquita, no impiden que mis ojos vean. La valía de una vida recae en su “qualitas”, no en su “quantitas” ¿La civilización? Ningún escrúpulo, nada sagrado, nada verdadero, ningún respeto, solo el yugo de la atroz incultura, solo la salvaguarda de inútiles vidas mercenarias, hedonistas. La noche oscura nos sorprende en medio de los llanos. Ningún hombre en pie, gracias a su grandeza o su poderío. Todo decae y va a menos, zaborrero, farfullero. Campos pedregosos, arrancando las escasas hierbas con las uñas y los dientes, como dijo Ovidio. Víboras en perlas que fueron ojos, viento cruzando la tierra parda, oseznos devorados en la isla de los cocodrilos.
Una CIVILIZACIÓN ZALAPASTRANA.
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Tenía escritas más de cien páginas donde, en capítulos alternos, narraba mi vida y mi credo filosófico. Las rompí todas. Mi vida fue innumerable, huidiza, secreta e incrédula. Recuerdo in extenso datos espasmódicos y dolorosos, así como otros hechos sensibles y dulces para el corazón. Recuerdo el ángel de la música de un enrojecido pálido, los caminos secretos del álgebra y la lógica hasta el amanecer, la túnica guerrera o pulóver de cachemir que marcaban los senos de Marta, el claro de Luna en las playas de Sitges donde verla mejor.
Recuerdo la camaradería con Maurici, nuestro común tono burgués y pudoroso que fuimos violando, los viajes, los equívocos, los nulos agravios, la fatalidad de su muerte prematura por mano propia.
Recuerdo flores y mariposas en la Piazza della Signoria, el no embrollarse y las frases amables de los dependientes londinenses, las creencias seguras de las gentes de Boston, la luz de París como un poema que cuenta crepúsculos personales.
Recuerdo a mi familia, un reino afortunado. A papá, a mamá (muchísimo), a Eva, a Noemí (cúpula estrellada, leopardo del cielo), a mis sobrinos Daniel y Clara, a mis abuelas Pascua y Marina. En ese garito, en ese cogollo familiar, todo fue alegría y fuerza, sentimiento y belleza. Me atormenta lo mal que lo pasaron por mi culpa, pero, pese a mis desgracias, me rodearon con un círculo de poder casi indestructible.
Recuerdo a los libros, bujía que iluminó mi vida, impar paraíso manuscrito. Borges sabía que la existencia de un escritor a menudo es pesarosa; en la vida de un lector, por contraste, abundan los momentos de felicidad y óptima dicha.
Recuerdo a Israel, mi sangre judía, porfiada en sus preceptos, elaborando atónitos terrores defensivos, porque a veces Sefarad parece un animal extraño llegado de la jungla, o una fruta de seda.
Recuerdo todos y cada uno de los cuerpos de las putas con las que me acosté, sus cinturas delgadas, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, sus ojos desnudos mirándome desde la cama. Como milenarias esculturas del sur de la India.
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Ahora la gente ni habla ni escribe en cristiano. Los políticos -macacos- viven del fraude y el interés personal, y el pueblo se somete como descerebrados súbditos y han perdido toda noción de Libertad. Las novelas son puros perifollos y nadie alaba a María Antonieta. Plebe espiritualmente descalza y famélica. Y la chusma del Estado oprimiendo, limitando, expoliando.
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Detesto este mundo. Lo odio a rabiar. Se expresan sentimientos e ideas por medio de gritos. No, no publicaré ni una línea de mi autobiografía ni de mi credo intelectual. Probablemente no publique una línea más después de este libro. Mi idea era escribir una pentalogía formada por “Diario de un esquizofrénico”, “Pertinencias e impertinencias”, “Diario del falso aristócrata”, “Diario del zalapastrán” (el libro que el lector tiene entre manos) y acabar con “Diario de Aquitania”. Pero no, no me siento motivado. El cutre y ágrafo ambiente cultural analfabeto que nos rodea y el nulo éxito de mi obra me impelen a tirar la toalla. Leeré y esperaré mi cercana muerte, contento de verdad. Con mi literatura me propuse expresar en forma inteligible, es decir, inteligente, los estados del alma. Quien ni siquiera se lo proponga no llega ni a escribiente. Que el lector y la posteridad me juzguen.
La peste, nos cuenta Tucídides, entra por el mar y conquista la tierra. Cae como un rayo en todas partes. Se extiende desde el Pireo hasta la Acrópolis. Se apodera de los cuerpos de la cabeza a los pies. Los enfermos no tienen reposo ni pueden dormir, su sed no se apaga. Extraordinario es el hecho de que las aves carroñeras no se acerquen a los muertos. La enfermedad desintegra el cuerpo: se pierden los genitales, los dedos, incluso los ojos. El saber no sirve de nada y el mal los apresa a todos: morían “como ganado”. “Semimuertos” ruedan por los caminos y en torno a las fuentes. Los hombres perecen solos; las casas se vacían. Los parientes de los muertos están lo bastante agotados como para no llorar las pérdidas -no hay duelo ni lamento. Muertos yacen sobre moribundos; cadáveres polutos llenan templos impolutos; cuerpos de distintas familias se amontonan los unos sobre los otros en la misma pira fúnebre. Sacudidos todos los cimientos y sobrepasadas todas las fronteras, lo que queda en pie es la conmoción, la confusión; queda la indiferencia, el desquiciamiento, la devastación, la desvergüenza, el descorazonamiento. Queda la ausencia, la amnesia y la enajenación -los supervivientes no se reconocían ni a sí mismos ni a sus parientes. El trastorno estaba ya en el aire. LA ENFERMEDAD PONE AL DESCUBIERTO EL DETERIORO INTERNO DE ATENAS.
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Soy barcelonés de origen, manresano y orensano de adopción. Pasé muchos momentos de mi infancia viajando por Europa, y residí brevemente en Londres y Boston. Trabajé casi veinte años como analista en el secretariado de un gobierno extranjero, en un oficio donde callar, ocultar y fingir eran exigencias ineludibles. Varias veces ingresado en manicomios públicos. Siempre tuve perros en casa. Más que hablar, leo en varios idiomas, alguno exótico, algún otro muerto. Espero que con esta lacónica semblanza autobiográfica se entienda el fluir anodino de mis días. Me interesa más el plano onírico que el real, la vida mental a la vida empírica. Rindo culto a la Belleza y la Sabiduría. Me gustan los tordos y el olor a pino.
Sean dichosos y lúcidos. Brindo por el fin de este breve libro degustando langosta azul asada y ahumada en la barbacoa, sazonada con hierbas frescas y verduras soleadas, y un filet mignon de ternera a la parrilla, jugo de berenjena e infusión de romero. Ah, esta civilización de cabeza apedreada, de urdidas y mezquinas óperas bufas de palabras. Civilización que escribe sobria y corrige borracha. Cuya enfermedad pone al desnudo un deterioro que la gentuza no quiere ver. Ahí te quedas. No puedo sino mostrarte un gigantesco DESPRECIO.
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A la par soy, según y cómo, fuerte y débil, a partes distintas. Existen periodos de mi vida en que, de suyo, por su propia naturaleza, solía mostrarme débil, también indefenso, al capricho y albur de los demás.
Sobre el valor de mis libros me acongojaron mis propias sospechas y descréditos, pero hay una recóndita cámara secretísima en mí que creo no me engaña: pese a sus insoslayables defectos, la pentalogía se sostiene a cuatro patas; puede bailar algo la mesa, qué duda cabe, pero es estable, es confiable. La escribí como un lobo estepario, lejos de noches de fiesta, de noches con pandillas calaveras. Y algo quedó en el papel coloreado de Luna.
Me gusta escribir, y puedo hacerlo en cualquier sitio: una habitación de hotel, o los compartimentos de los trenes. O en cabañas, o acorzar para mi habitación. Cojo el bolígrafo y, bien vestido, pergeño unas líneas. Bueno, bien vestido es opinión generosa que a veces las prendas no pegan nada entre sí: cárdigan de lana, corbata de tela escocesa, chaqueta de tweed, etcétera. Acaso eso sea un homenaje a mi maestra secreta, que cito en cada libro a modo de contraseña, Kathy Acker.
Lo que Acker hacía con músicos punks neoyorkinos y pintores pop, yo lo hago con Juvenal y “libertins” del siglo XVII. Lo que ella innovaba mediante el cut-up, tiene mi réplica en el copy-taste. De ahí que los plagios sean muchos e inevitables.
Plagiario lo ha sido cualquier escritor de mérito: Catulo, Pound, Don Juan Manuel, Shakespeare, Dante, Gil de Biedma, Borges, Quevedo, Góngora, Homero, Lorca, Hesíodo, Cervantes, Terencio, Eliot, Plauto ETCÉTERA. Si uno comienza por permitirse un asesinato, pronto no le importará cualquier robo. Yo me paso por el forro el Código Penal.
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Concluyamos:
i. “Todo lo que no es autobiografía es plagio”, Pío Baroja.
ii. “Nullum est iam dictum quod non dictum sit prius”, Terencio.
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Sean dichosos, olviden a Christian Sanz, y adiós.
