
Lamento escribirlo, porque me gustan campos, montes y verduras, pero tengo la sensación de que la loa y panegírico de la naturaleza se da a expensas de la filosofía, la civilización o la filosofía.
Un paisaje gusta a la vista, el musgo satinado al tacto, un níspero al sabor, una rosa silvestre al olfato, y el piar de un mirlo al oído. Desplazar la espiritualidad a un medio (la naturaleza) que, si lo tiene, lo tiene de modo mediato e indirecto, me parece un error que empezó con el triunfo en el siglo XVIII de los románticos.
A nosotros (cultura y no solo natura) nos define la capacidad de traducir una sensación a un pensamiento, a un producto verbal. No nos dejemos sobornar por bucolismos o eslóganes naturalistas y animistas.
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La naturaleza sin cultura es una intuición ciega, la cultura sin naturaleza es un ensalmo sin magia.
La ciencia y la filosofía nacieron entre parlanchines griegos en ciudades marítimas, mediante acalorados diálogos en el ágora. La experiencia estética, la idea de lo sublime ante una montaña, sirven en tanto en cuanto tienen un correlato en la articulación lingüística. No nos hace solo la naturaleza, sino sobre todo el artificio de las palabras y la retórica.
Uno tiene la sensación de que esta moderna divinización de la naturaleza existe en la sociedad debido a la crisis de la ciencia, las humanidades, la literatura, la religión, es decir, de nuestro yo cultural más genuino y de valor.
