Diario del zalapastrán 107

Me llamo Christian Sanz Gómez Leví Carballo, con sangre catalana, navarra, gallega y sefardí. Porfié en el difícil arte de componer libros, casi con el mismo amor que el quesero artesanal, pero con los inevitables agobios ante mis anchísimas limitaciones. Mis libros, hijos del entendimiento y de Caos, deseo causen esparcimiento entre las rutinas embrutecidas de nuestras vidas, y que enciendan, quiéralo Zeus, alguna lamparita en el cerebro del lector. Pero más que hermosos y gallardos, son contrahechos y calvorotas, pues, no pudiendo contravenir a la naturaleza, cada cosa engendra a su semejante.

Viví de día, al alba me despierto, pero en mis ojos nunca dejó de hospedarse el húmedo resplandor del bosque por la Luna iluminado, y, a mi lado, en la cama, no me abandonan venerables y graves espectros. Lo real y lo irreal son como letras de una misma palabra.

Soy peludo, cejijunto, de ojos a veces color avellana, y otras de color tarrito acanelado de botica vieja. Feo, mas no resultón. Labios de boca “petonera”, que fecundan flecos rojos de saliva. Un habla de niño. Hablar pastoso en que no pronuncio algunos fonemas o bien me como otros grupos de fonemas. De huesos grandes. Ni alto ni bajo. Contento si puedo leer. Capaz de oler lavanda en el pelo retratado de algunos cuadros. Aunque dicen que es falso, juraría que paseé por los pasillos del Kremlin y del Museo del Hermitage. Levemente sinestésico con las palabras. La palabra “pay pay” cruje con un rugoso crix crit y tiene sabor de kikirikí concupiscente. Pay pay es igual a un fluido organdí por las venas.

Mi vida termina. Así que hablo con mi pequeña alma, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, como a una amiga efímera. Pronto descenderá a parajes lívidos, rígidos y desnudos, donde deberá renunciar (“Collige, virgo, rosas”) a los placeres de antaño. Se esfumarán las riberas familiares, como desapareció de mi memoria la voz de mi padre. Todo son límites: la última calle que pisaré, la última sombra del árbol que ya no me cobijará más, el objeto por siempre vedado a mi tacto. Trataré de entrar en la muerte sereno y con los ojos bien abiertos. Vivir fue maravilloso.

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