
Contra «King Lear» echó espumarajos León Tolstoi. En sus numeradas anotaciones personales, luego recogidas en «Culture and Value», Ludwig Wittgenstein acusó al autor de «Cuento de invierno» de una monstruosa concentración quasi solipsista en sí mismo (decía que «la gente no habla así», en oposición a la flamante exuberancia shakesperiana) Dijo Eliot: “Pocos críticos han admitido incluso que Hamlet no es una obra maestra, y que el propio Hamlet solo es un personaje secundario”, para añadir: “La obra es en efecto un fracaso artístico”. René Girard opinaba que el genio shakesperiano brillaba con más naturalidad en la comedia que en la tragedia.
La desmesurada imaginación verbal del bardo inglés recibe y recibirá sapos y anatemas. En esta nota solo puse ejemplos a modo telegráfico.
Frente a pellejos de hideputas muertos, frente a eruditos mangurrianes, frente a los que gozan leyendo a Coelho o a Susana Tamaro, frente a los (esqueletos que habitan el olvido) Frank Yerby, Erich Segal o Richard Bach, estamos los que no perdemos el juicio, y sabemos que cobrarlo importa.
