
El empedrado del siglo: tragaperras, agreste cemento, televisores, redes sociales, lastimeras bocas farfullando, visires execrables detentando el poder, detestables subterráneos, aire compungido de los hipócritas, arrodilladas muchedumbres, pereza de la mente, el mildiu de las rosas…
Quién sabe si el hálito del hombre sube arriba y el de las bestias baja abajo; acaso sea al revés. Los tramperos somos nosotros.
***
Me infecta la melancolía, mezcla a su vez de “suave mari magno” y de “memento quia pulvis”. Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. La enfermedad -o el pasar del tiempo- nos devora el rostro, roe las mejillas (como una luna menguante), cambia un rostro agradable y juvenil, volviéndolo tumefacto y enrojecido. Nos suprime los segmentos de belleza, aja las capas forradas de seda, aflige pómulos, nos fatiga y sobrecoge de miedo. Nos hace algo así como alcanforados, contingentes y putrescentes.
Un verso de las “Geórgicas” de Virgilio (70 a. C.- 19 a. C.), muy conocido. Dice:
«Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus»
(Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo)
El tiempo, ay, ya todo se comprende…
