
Si la literatura no tuviera la capacidad transformadora de provocar en los lectores emociones o respuestas nunca vividas, los dictadores no la hubieran visto como un peligro y una amenaza para su poder. La historia de la humanidad está llena de momentos en que libros, autores y lectores han sido censurados, perseguidos o encarcelados. Citemos “1984” de Orwell:
1. “Le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. La vida no se parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Partido trataba de lograr”.
2. “Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común”, Orwell.
3. “Hacer algo que implicara una inclinación a la soledad, aunque sólo fuera dar un paseo, era siempre un poco peligroso. Había una palabra para ello en neolengua: vidapropia, es decir, individualismo y excentricidad”
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Dos citas significativas de “Farenheit 541”:
1. “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale solo uno. O, mejor aún, no le muestres ninguno. Haz que olvide que existe uno cosa llamada guerra. Si el gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, que lo sea pero sobre que la gente no se preocupe por ello. Paz, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones populares, o los nombres de las capitales de estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórrala de datos no combustibles, lánzales encima tantos “hechos” que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, de que se mueven sin moverse, y serán felices, porque de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como la filosofía o la sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se llega a la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego (en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo) es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y cuestionar el universo, que no puede ser medido ni cuestionado; ese hombre se sentirá como un salvaje y muy solo. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así pues, adelante con los clubes y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches de reacción, las motocicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, y más de todo aquello que esté relacionado con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia no tiene sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono ante la obra, cuando únicamente se trata de una reacción táctil a las reacciones. Pero no me importa; tan solo quiero distraerme”.
2. “[…] Deseamos conservar, intactos y a salvo, los conocimientos que consideramos indispensables para el hombre. […] Porque si nosotros desaparecemos, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. […] En este momento, nos aguarda una misión horrible; esperamos que la guerra empiece y termine cuanto antes. No es agradable, pero nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo. […] Al principio, no se trató de un plan preconcebido. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto unos con otros, viajamos, creamos esta organización y establecimos un plan. […] Cuando la guerra haya terminado, algún día, algún año, los libros podrán ser reescritos. Las personas serán convocadas una por una para que reciten lo que saben, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que quizá debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena hacerlo”.
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En plena pandemia mundial, mientras el mundo se paralizaba de horror, la literatura vino otra vez a rescatarnos de la desesperación, como declaró Irene Vallejo en el artículo «Reescrituras del tiempo»:
“Sumidos en la perplejidad, hemos vivido este año como un pliegue temporal. La vida estaba en otra parte y, durante los días enjaulados, los libros resultaban liberadores. […] Leer es un raro hechizo que nos permite recordar soñando, tomar aire frente a la asfixia, cazar al vuelo briznas de esperanzas, atrevernos con el disfraz de optimistas lúcidos. En estos meses de tiempo perplejo y fractura no hemos dejado de escuchar, como en una caracola, el oleaje de los clásicos: ese pasado sereno que alumbra el vértigo del presente”.
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(BOOK OF THINGS)
“La literatura no es sólo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un universo de idealidad libre, un territorio de la infinita posibilidad. Los libros son puertas que nadie podría cerrarnos jamás, a pesar de todas las censuras. Sólo una censura sería realmente peligrosa: aquella que, inconscientemente, nos impusiéramos a nosotros mismos porque hubiéramos perdido, en la sociedad de los andamiajes y los grumos mentales, la pasión por entender, la felicidad hacia el saber”, E. Lledó.
“Un libro es un jardín, un huerto, un almacén, una fiesta, una compañía de camino, un consejero, una multitud de consejeros”, Charles Baudelaire.
“Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar”, Fran Lebowitz.
«Escribir y leer disminuyen nuestra sensación de aislamiento. Profundizan y amplían nuestro sentido de la vida: alimentan el alma. Los escritores nos hacen menear la cabeza con la exactitud de su prosa y sus verdades, e incluso nos hacen reír de nosotros mismos o al menos aplaudir ante lo absurdo de la vida, en lugar de ser aplastados por ella una y otra vez. Es como cantar en un barco durante una terrible tormenta”, Anne Lamott.
“Que la science que nous acquérons par la lecture ne soit pour nous que le ciseau du sculpteur; qu’elle nous aide à tailler le bloc de pensées et de sentiments qui fait le fond de nous-mêmes”, O. Pirmez.
“Los libros son, seamos realistas, mejor que todo lo demás. Si jugáramos a la “Cultural Fantasy Boxing League” e hiciéramos que los libros se pasaran quince asaltos en el ring contra lo mejor que cualquier otra forma de arte pudiera ofrecer, entonces los libros ganarían prácticamente todas las veces”, Nick Hornby.
“Cuando lees un libro palabra por palabra y página a página, participas en su creación, del mismo modo que un violonchelista que toca una suite de Bach participa, nota a nota, en la creación, el devenir y la existencia de la música. Y, a medida que lees y relees, el libro, por supuesto, participa en tu creación, en tus pensamientos y sentimientos, en el tamaño y temperamento de tu espíritu», Ursula K. Le Guin.
“Buenos amigos, buenos libros y una conciencia tranquila: ésta es la vida ideal”, Mark Twain.
“L’acte d’amour et l’acte de poésie sont incompatibles avec la lecture du journal à haute voix”, A. Breton.
«Nunca podrás conseguir una taza de té lo suficientemente grande o un libro lo suficientemente largo para mis necesidades», CS Lewis.
“En nourrissant l’illusion d’habiter d’autres corps, le temps d’une lecture, la littérature autorise le déploiement d’un type d’intelligence différente”, N. Mathieu.
“Une vie sans lecture est une vie que l’on ne quitte jamais, une vie entassée, étouffée de tout ce qu’elle retient”, C. Bobin.
“Toda palabra que se dice convoca a su contraria”, Goethe.
