
La “e” abierta catalana, rojo vivo de dalia, brillo húmedo de carnosa cereza. Misterioso arrapiezo y palmoteo en mi lengua. No, no vivo a través de una prosa sencilla, transparente, familiar y con hondo sabor al terrazgo. Para mí letras y palabras, en varios idiomas, se visten de chaquetillas ceñidas, bombachos, bombines, fracs, tienen caras tostadas, eventualmente posturas rígidas. Acaso peque de demasiada fatuidad, de una neurosis o asomos de sinestesia, pero vivo el lenguaje como una musa gozadora de colores y evocaciones de imágenes. Letras corteses que inspiran al corazón. “A” verde, “b” azul democrático, “c” blanco vestidito de comunión, “d” amarillo canario difuminado, “z” crápula francés de mediana edad, “y” verde helecho que embriaga al fornicador, “u” sabor a asadura de cordero.
El alfabeto no se distingue de los cinco esmaltes heráldicos: gules (rojo), azur (azul), sable (negro), sinople (verde) y púrpura (morado), y dos forros: armiños y veros. Acaso, debido a mi sensibilidad morbosa con el idioma, mi estilo es recargado. Seguramente tener estilo es no tener estilo. Leer algo con el sabor fresco del agua en una fontana. Ser barroco, qué duda cabe, es sinónimo de ser vanidoso. Temo en mí una prosa charra. Puede que discurra con pormenores absurdos. Mi aliño proviene del agolpado entrevero o concentración de sensaciones. Ojalá que dentro de diez años -si estoy vivo- simplifique, aplane, clarifique, me deje de verbosidades.
“Q”, maderas alabeadas, carcomidas, oscuro lobato en la capilla, “l”, marejada de espumas, peñascos con coquitos, “p” anciano colérico, “g” pequeño torrente en el centro del zampeado, “s”, vestido de buriel pardo. El lenguaje vive en el cielo, en el mar, en una isla remota, en los rascacielos y redacciones de periódicos, en las charlas a la salida de las fábricas, en comercios, oficinas y lonjas, en la más soleada placita de pueblo. Los nombres (por mí ruedan dudas y tanteos, enjambres confusos) son lámparas, los adjetivos calientes bombillas de tungsteno, las subordinadas retablos esculpidos o rosa ropilla en el ajuar.
Leo a escritores (eso creo) que articulan sus obras de un modo peregrino. Culpa mía si escribo rápido, y no aplazo la resolución, por lo que suelo no vencer las dificultades. Sosiego, reposo, quietud y meditación, me digo; pero escribo contra la muerte.
Disculpen la confesión plañidera. Pero sí deseo que consten mis desprecios por los babosos pitidos o libros perroflautas o peditos de burra de los meros tecleadores, de los ejecutivos millonarios del oficio. Esos escritores desalinizados, con escorbuto y joroba, lobotomizados, de pobrísima cháchara negligente. Burdos, cegatos, infantiles, hilando frases como si esputara un hipopótamo.
Las cuartillas deben enervarse, aguzarse, estremecerse. Mi desdén a pícaros y vivales con su timo de la estampita a todas horas y sus novelas o poemas de a penique.
