Diario del zalapastrán 114

En la “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano”, Gibbon resalta cinco aspectos de su decadente cultura: preocupación por mostrar opulencia en lugar de generar riqueza, obsesión por el sexo y perversiones del sexo, el arte que se vuelve extravagante y sensacionalista en lugar de creativo y original, disparidad cada vez mayor entre los muy ricos y los muy pobres, mayor demanda para vivir del Estado. Los paralelismos con nuestra época son abrasadores (cosas fútiles, vasto dominio de la Nocilla y los subsidios, papanatas artistas), una época donde los juglares son los monos, con luz negruzca y ganchuda, de pelo hirsuto con ladillas.

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Copio y pego estas ideas de mi Maestro mágico José María Álvarez, poeta con trazo de ráfaga de aire en los cuadros de Giovanni Battista y una caballerosidad de gasa de pedrería, ideas que parecen haber leído las mías.

“Vamos a partir de una base: El ser humano – como ya lo sabía Homero, y desde luego Tucídides y qué decir del maestro Tácito, y de ahí, hasta hoy, todas las cabezas memorables -, NO TIENE SOLUCIÓN. Si bien es cierto que es capaz en muchos momentos de los mayores sacrificios por el Bien, alberga en su alma una facilidad morbosa para el Mal; su capacidad de ser codicioso o discernir sobre lo afortunado o desgraciado que esta o aquella elección pueda ser para su suerte, presumo dolorosamente que en la mayoría padece de raquitismo, cuando no de vileza.

En consecuencia, carezco, creo que afortunadamente, de certezas políticas. Me da lo mismo una forma de gobierno que otra y sus nombres, pues lo único que me importa son los resultados; esto es: si bajo ese poder somos o no más Libres, si se respetan o no los derechos a la Propiedad, a todo lo que constituye nuestra Individualidad inviolable, nuestra libertad de Expresión, nuestra Conciencia, nuestra libertad de comerciar, de movernos por el mundo. Por lo tanto soy un desesperanzado Old Whig – podéis considerarme un modesto alumno de Hume, de Hayek y de von Mises, y así nos entenderemos mejor – que asegura (de esto sí) de que lo que más nos acerca a una convivencia tolerante y fecunda es el Liberalismo digamos «clásico», el Gobiernos de las Leyes y no de los hombres, y que me limito a apoyar considerándolo bueno todo lo que vaya en menoscabo del poder del Estado, en el grado que sea, y a condenar todo lo que pueda fortalecer a ese gran enemigo de nuestras libertades y nuestras escasas posibilidades de felicidad.

En ese horizonte, obviamente, sí mantengo odios feroces: a la Izquierda en general y sobre todo a sus formas extremas en nuestra época, como el Comunismo. Pienso que en una sociedad civilizada no debería permitirse la existencia de ese partido como no debería tener cabida el Nazismo ni movimiento alguno de características totalitarias. Soy un liberal porque me parece indiscutible que las ocasiones en que la sociedad ha estado mejor ha sido cuando más se ha acercado a formas de gobierno Liberales. Como es evidente que cada vez que se ha alejado de ello, ha derivado hacia el empobrecimiento y la esclavitud.

Cuando considero un gobierno no miro si se proclama monárquico, republicano, demócrata (palabra que hoy, por cierto, sirve para todo), dictatorial… Tengo en cuenta sólo si bajo sus leyes soy más libre, si cuanto soy como ser humano está más garantizado.

Todo esto, en cuanto a la vida de la sociedad. Si hablamos de Arte y de artistas, creo que su plenitud no tiene que ver con esa prosperidad social. Los caminos del Arte, de la Literatura, son otros, y cruzan paisajes que socialmente pueden ser aborrecibles, pero que resulta que, a ese Arte, a esa Literatura, los nutre con gusto. Quiero decir: un gobernante no puede ser una mala persona. Un artista, sí. De un depravado pueden nacer obras excelentes, y que mejoren a la sociedad. El Arte puede tener alianzas que abominaríamos en la convivencia «normal». Pero es que el Arte no es «normal». Porque lo que cuenta es la obra, y si esta es grande, si el artista es grande, lo que nos regalará, hasta más allá de sus torpes – con mucha frecuencia, en muchos, muy torpes – opiniones, es Vida, la más profunda verdad de la Vida. Y la Vida nunca miente. El artista mezquino es aquel cuyas páginas mienten.

Y con respecto a ese Arte y esa Literatura, os sorprende lo que suelo decir. Creo que estamos asistiendo a su muerte. Nadie puede predecir cómo terminará todo. Quién sabe si algún día se dará un renacimiento espiritual considerable. Pero lo que hoy veo, en general, es basura. Y todo hace imaginar que la destrucción que se ha consumado del Pensamiento, la «amnesia planificada», la absoluta incultura de la sociedad, hace lejano y problemático ese Renacimiento. ¿Qué podemos hacer quienes tenemos tan funestos augurios? Nada. No podemos hacer nada. Es demasiado fuerte la resaca del Mal. Sólo podemos hacer una cosa: decirlo, repetirlo, combatirlo, rechazarlo, atacar sin cesar lo que ha venido a llamarse «Pensamiento Correcto» y que es el mayor peligro que ha existido contra la Inteligencia, la Sensibilidad, la Excelencia y la Libertad desde que el mundo es mundo”.

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“Mi época ha sido al comienzo, si no buena, soportable al menos; a la mitad fue incurriendo en toda clase de maldades y crímenes, hasta parecerme que ahora se ha hundido en la miseria. El final de esta época es el comienzo de la siguiente, ya tan ajena a cualquier estudio honroso, tan atiborrada de oprobios y vanidades que, si por la flor podemos barruntar el fruto, acabará por disculpar y hacer buena la época anterior; y tan es así, que me arrepiento y me avergüenzo de haber llegado vivo hasta el día de hoy para ver estas cosas”, Petrarca.

“Puesto que el enemigo se precipitaba de forma irresponsable, Cécina y Valente aguardaban atentos a la estupidez ajena, lo cual puede pasar por sabiduría”, Tácito.

Como decía von Mises, elijamos como lema personal aquel verso de Virgilio: “Tu ne cede malis sed contra audentior ito”.”

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“Dice Guicciardini -por cierto, uno de los pocos historiadores, y más que historiador, al que conviene leer y releer- que si queremos conocer cuáles son los pensamientos de los tiranos, hay que ir a Tácito cuando hace mención de los últimos razonamientos de Augusto con Tiberio”, J. M. Álvarez, escritor total contra los ecos imbéciles de la palabra.

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