Dentro de unos años los hombres, desde que se levanten hasta acostarse, estarán conectados a máquinas. Eso profeticé en 1994. Lamento acertar.
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En lugar de hablar el idioma ugrofinés, el chinés, el semítico o el camítico, en lugar de hablar los idiomas de los vientos, que son treinta y dos, como los puntos de la Rosa, en lugar de comer una langosta a la americana con arroz a la criolla, o un pato de Rouen a la diabla, hablamos un esperanto incapaz, obtuso y bruto, Internet, y nos alimentamos de roñosa y cicatera comida basura, Internet.
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
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