
Mi familia equipó a sus vástagos con todas las ventajas educativas, no con trapitos ni bolsos Louis Vuitton, que eso es cosa de horteras rematadas con pinta de musas de camioneros, como las mujeres de los futbolistas. Un rubí no es un guijarro
¿Por qué escribo? Lo más probable sea que para recuperar aquel gorgoteo de agua de pila bautismal entre oros de mi niñez. Hasta Dios pasaba las vacaciones con nosotros. En mi infancia tuve el cielo y también el gendarme del cielo.
Nací pasajero de primera clase. En una quinta a las afueras de Barcelona, un palacete con cocheras, jardines, piscina y un pequeño huerto. Los rostros de mi familia, ante el vívido círculo de luz de las lámparas, sin duda pertenecían al de los elegidos con porte, con algo inquebrantable y todavía inmortal. Escribo para unirme a ese ejército de embajadores «art large» de cine americano.
Mitos precisos, con horror a la vaguedad: lana italiana entremezclada con seda, whisky caliente con azúcar y limón, frutas del trópico, vinos de viñedos bordeleses, ligera carbonización de las grasas del asado a la parrilla.
Escribo para recuperar mis mitos infantiles perdidos. No por la vulgaridad de ser querido (que me importa una m…) ni para volverme rico sufragado por cientos de miles de lectores que hoy babearán por el gollete de la botella de cerveza mientras ven el fútbol, ese circo de lerdos Hacendado.
