
Silencio absoluto, imperioso y categórico, como de bosque recién nevado. La perrilla duerme soltando casi inaudibles resoplidos sin asomo de engolamiento, mezquindad u orgullo. Un hombre trata con desdén a una mujer en algún hotel ¿Qué escribiré a continuación? ¿Qué averiguaré escribiendo mientras escribo? Y mi escritura, ¿es devógira o destrógira?
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Mi personalidad peldera, alcuernada y quimesta, platilda por muhiesas calservas de sofíscala pernicuola en asivenes de exotura. Gozo con la repetición de juicios solitarios, con el lenguaje privado. Proposiciones provisionales, relativas, inmaduras y perfectibles se encaminan a desbaratar mi yo. Diminutos y multicolores puntos de vista de chispazos ópticos abrasan mi cerebro. Me desconozco ¿Soy en verdad escritor?
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Deseo una prosa –como diría Moore- “anónima”, que evitara deliberadamente cualquier sorpresa. Sin manierismos.
Según Stevenson la prosa es la forma más difícil de la poesía, pues en la poesía te encuentras con esquemas o planillas fijas, mientras que en la prosa debes inventar constantemente variaciones métricas, a la vez inesperadas y gratas. La poesía solo requiere ardides y elaboradas astucias, la prosa dosis musicales y agregación de excelencias.
