
Gómez Jurado es un as de la novela popular o novelesca. La lectura de Stendhal puede ser suficiente para alimentar una reflexión prolongada. Las novelas de G.J. apenas confrontan con los esquemas culturales que aprendimos en la escuela o la Universidad. Rigen otros códigos.
Los libros de Stendhal, Balzac, Cunqueiro, Musil, Kafka o Delibes son instrumentos de conocimiento; S. King y sus pares alivian la fantasía devanando gestas o peripecias casi automáticas. Ni la verdad ni la moral están vinculadas a las novelas de evasión. No apelan a una tradición secular, ni a un sistema cultural milenario. Su función es la ataraxia por cierta irrealidad banal. Deleitan, pero no enseñan. Leídos sencillamente e ignorados por el público culto, a estos folletines no se les puede negar cierta virtud catártica. Tras una dura jornada de trabajo, a no pocos les permiten soñar y evitar la aburrida cultura obligada
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No me gusta nada el tratamiento mediático de la tragedia en Valencia. Hay como una especie de sordina, ensañamiento, exceso, complacencia, regodeo o refocile en el dolor ajeno. Se busca insensiblemente el morbo y el espectáculo. A la escoria o carroña amarillista le llaman «información». Hay imágenes y palabras que sobran. Exprimen todo lo que pueden para tener de que hablar y hablar. Debieran ser más cautos y respetuosos.
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«Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti», J. Donne, Meditación XVII
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La canallería incívica, bárbara y vándala son, valga la exageración ineducada, miasmas infectas.
Donde hay propiedad, hay civilización. Es más, la Propiedad es la base de la Libertad y la Civilización.
