Diario del zalapastrán 125

La prosa se debe encapuchar como con pilas de carbas y de tojos, y dar la impresión de montañuelas redondas y verdes. El lenguaje no es un ser destartalado, sucio, incómodo, desapacible ni oscuro. Al contrario, ríe con sonrisa de esmalte, se toca con sombrero de luz y plumas, cunde como nubes leoninas. Se expresa casi con labios de carmín compungido, hechos a la modulación de palabras santas. Lenguaje: nínfula colegiala que te esclaviza; cuerpo que va afinándose en forma doble tropezoidal, o, mejor, en incrementada espiral.

El mayor sueño del escritor consiste en convertir al lector en cómplice; ¿lo consigue alguna vez? Los pálidos héroes literarios o las ideas umbrías que se alimentan bajo la supervisión o creación del autor, se hinchan poco a poco con la sangre vital del que lee; de modo que la genialidad del escritor consiste en otorgar a los lectores la facultad de adaptarse y ajustarse a esa linfa o sangre, gracias el riguroso estilo lingüístico, y, si se es buen escritor de verdad, el lector -gracias a la transfusión vampírica- entonces medrará y se rejuvenecerá y gozará. Así nace literatura viva.

La fidelidad del lector no debe ser -creo- al formato, a la etiqueta estereotipada, al embalaje característico del género, sino a la dignidad e iridiscencias de un idioma como consignado en piedra o en la superficie de un papiro. El estilo, la huida del cliché, proporciona el estado de gracia. El mismo Nietzsche lo dijo: “El gran estilo nace allí donde la belleza triunfa sobre lo monstruoso”.

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Cito a Benet (Benet escribe de forma atosigante e intimidatoria, cayendo no pocas veces en la propia parodia del «great style» que preconizaba), lo cito de su libro “La inspiración y el estilo”, citas de las que no disiento un ápice:

“La luz de la INSPIRACIÓN sirve, al parecer, para revelar algo nuevo e insólito que, debidamente tratado, elaborado y dimensionado, se convierte en obra de arte. Pero esa luz puede depender tanto de las facultades del artista como de la clase de campo que tiene que alumbrar. A más oscuro ese campo menos cantidad de luz es necesaria para que los misterios que se esconden en aquél salten a la vista; y viceversa, el universo literario está constituido por una miríada de Edades Doradas y Siglos de las Luces en los que el foco más potente ya no será susceptible de descubrir nada nuevo”.

“La mercancía que suministra la inspiración acostumbra a ser breve, circunstancial y en muchos caso incompleta. Su extensión se limita a unas pocas palabras y, a lo sumo, a ciertas insinuaciones que en cuanto materia prima, el escritor debe elaborar, analizar y formalizar, se presentan más como problemas que como soluciones”.

«Al ESTILO se le ha asimilado siempre con la personalidad y el sello propios, con aquellos atributos inalienables e intransferibles que el hombre atesora y desarrolla celosamente para diferenciarse de los demás”.

“Se puede imaginar que el estilo no es otra cosa que el resultado de unas condiciones sin par -personalidad, rasgos de carácter, sedimentos de la educación, sublimación de una vocación o de un quehacer- aplicadas al cumplimiento de una función”.

“Toda ORIGINALIDAD es por esencia relativa, una característica de la obra por la que se destaca dentro del campo donde se sitúa y que, por consiguiente, precisa de un conocimiento previo y lo más riguroso posible de esa muchedumbre entre la que debe situarse y en la que debe destacar. La vocación literaria acostumbra a anticiparse a tal conocimiento -para el cual, generalmente, no basta una vida- y es responsable, en múltiples ocasiones, de tantos fracasos e impaciencias, tantos sinsabores y desengaños del hombre que, creyendo ser original, vino a la postre a descubrir que lo que quiso decir, se había dicho ya, con más gracia, economía y oportunidad, por aquel maestro a quien no quiso leer a su debido tiempo”.

“Cuando al dogmatismo de la juventud sucede la vacilación, y al entusiasmo la pesadumbre, y a la fe el escepticismo, se puede afirmar que entonces el escritor se encuentra en la mejor posición para emprender y juzgar su obra con arreglo a un gusto dictado por el conocimiento y las leyes de una literatura que disfruta y paladea. Cuando vuelve sobre sus posiciones juveniles para renunciar a aquel énfasis ridículo y aquella búsqueda afanosa de la originalidad, cuando no rechaza por doctrina los cánones clásicos, sino que sabe enfrentarse a ellos con otros de concordante validez, y cuando, para ser fiel a ellos, necesita abjurar de una moralidad aprendida y precoz, seguramente se halla en trance de culminar su carrera literaria, cualquiera que sea el fruto de su trabajo”.

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