
(optimismo desmesurado y vanidosamente ególatra, con colofón exculpatorio)
(i) Las frases lanzadas por mi “garganta” escrita tienen el ritmo regular de las máquinas que sirven para hacer los desmontes. Felices los que oyen ese ritmo obsesivo.
(ii) El nombre de “Christian”, su estilo, se aparece así, como un musgo, compacto, liso, verde y suave, y si me hablan de alguna zona de su idioma, de la casa de sus palabras, donde los felices pueden ir, da gusto verlo vivir en esa casa compacta, claro, claro, lisa, verde y suave, que no tiene relación alguna con las demás casas de escritores, porque la imagina únicamente gracias a la ayuda de esa sílaba pesada, claro, claro, compaca, lisa, verde y suave, del nombre “Christian”, por donde no circula ningún aire, solo arte, vivaz y oreado, que él empapó de dulzura proustiana y de reflejos violetas o malvas.
(iii) No la Literatura de Ideas, que para mí significa hojarasca solidificada en inmensos bloques de yeso. La Literatura de las Palabras, que son barrido del valle de la noche por el genio de un viento onírico, donde a menudo me encuentro al borde de un camino, bajo un cielo de oro puro y claro, en una tierra montañosa de extraordinaria naturaleza.
(iv) Repaso los embarullados y preciosistas puntos (ii) y (iii). No es cabal que un monaguillo de aldea con la cara llena de acné se vista secretamente en la sacristía de Papa de Roma, ni que un Guardia Urbano dirija el tráfico con uniforme de Almirante de la Marina. La prosa sensata es humilde y asequible, y no amanerada ni abigarrada. Busco un estilo muy comedidamente lírico, preciso, claro y no demasiado lento. Madariaga señalaba que muchas páginas de Baroja son «ristras de hechos apuntados en frases cortas que caen… como paquetes descargados». En cuanto al párrafo breve, el mismo Baroja afirma:
«Para mí era la forma más natural de expresión, por ser partidario de la visión directa, analítica e impresionista. El párrafo corto da la impresión del golpeteo del telégrafo de Morse».
Todo lo cual explica, sin duda, la viveza y amenidad sine qua non de la buena prosa, lejos de mis amazacotadas y serpenteantes líneas repletas de citas.
