Diario del zalapastrán 128

Advierto en la sociedad de mi tiempo un puritanismo anti-cultural perverso, que comienza cuando las personas se regodean en el juicio por adelantado y sin previa reflexión; cuestión que va degenerando progresivamente hasta manifestarse en forma de una brutalidad inaudita, de una expresión oral también inaudita dada su cercanía a los de primates simiiformes

Si hubiese de creer lo que cuentan los medios, la cultura se habría convertido -a juzgar por lo que publican- en un apéndice del marketing de las industrias de la mendaz Estupidez, socavando la vida intelectual a través de la basura ininterrumpida que se produce y distribuye para alimentar a las multitudes iletradas.

Yo, al igual que Flaubert, he intentado vivir siempre en una torre de marfil. Pero una marea de mierda rompe contra sus muros y la está derribando. No se trata ya de la política; se trata del estado mental de España.

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Flaubert, galeote de la frase, maestro insigne gracias al cual la prosa ganó dignidades estéticas, maestro fiel:

“Está muy bien eso de ser un gran escritor, tener a los hombres en la sartén de freír las frases y hacerlos saltar en ella como si fueran castañas. El sentir que uno pesa en la humanidad con el peso entero de las propias ideas debe producir orgullos delirantes. Pero para ello es necesario tener algo que decir”

“La única manera de vivir en paz consiste en situarse de un brinco por encima de la humanidad entera, y no tener con ella ningún contacto, salvo una mirada de vez en cuando”.

En su correspondencia igualmente escribe contra los “historiadores, filósofos, sabios, comentaristas, filólogos”, en definitiva, “los que vacían escritos”, y dice: “Los meto a todos juntos en un fardo y tiro el fardo a las letrinas”. Y prosigue: “Hay más verdad en una escena de Shakespeare, en una oda de Horacio, en una oda de Hugo, que en todo Michelet, todo Montesquieu, todo Robertson”.

Flaubert, maestro y padre mágico.

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