
El asombro domina cada paso de la ciencia y de la filosofía.
J. Pieper: «el asombro no es simplemente el principio de la filosofía en el sentido de initium, comienzo, primer estadio, primer escalón, sino en el de principium, origen permanente, interiormente constante del filosofar. No es como si el que filosofa viniese «desde el asombro»; justamente, no sale del asombro, a no ser que deje de filosofar de verdad».
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Ya Platón hablaba del filósofo como de un hombre libre, que no atropella la verdad y que no sirve a ningún poder de la tierra, aunque provoque las burlas de los demás:
«Me parece que los que desde su juventud frecuentan los tribunales o lugares semejantes, en comparación con los que han sido educados en la filosofía y en los estudios que ella inspira, han sido educados como esclavos en comparación con hombres libres. -¿En qué sentido? -En éste: unos disponen siempre de lo que tú decías, de tiempo, y exponen pacíficamente sus tesis con tranquilidad. Tal como nosotros hemos pasado de investigación a investigación ya por tercera vez, también ellos, si el argumento que les llega les gusta más, como a nosotros, que el que tenemos, no nos importa efectuar razonamientos largos o breves, sólo con dar con lo que es. Pero los otros hablan siempre con prisas, pues les acucia el agua que va cayendo, y no les permite proponer una investigación en el punto que más quisieran: su adversario está allí, y les coacciona, y lee un resumen de los puntos a revisar, más allá de los cuales ya no se puede hablar. Ellos no son otra cosa que esclavos que pleitean ante su dueño común, quien preside, y que tienen en las manos una queja cualquiera. Y la disputa no es jamás por esto o por aquello, sino siempre acerca de uno mismo, y con frecuencia en la carrera va la vida. De manera que estos tales se convierten en agudos, desde luego, y en hirientes: saben adular de palabra a su dueño y ganárselo de palabra, pero sus almas son pequeñas y retorcidas. Pues desde la juventud la servidumbre les ha quitado el crecimiento y el ser libres y rectos, por cuanto les fuerza a ejecutar cosas torcidas, enreda su alma todavía tierna en grandes riesgos y cuidados, que no pueden superar sin herir la justicia y la verdad; luego se giran a la mentira y a la injusticia mutua, y se tornan tan jorobados y anquilosados que en sus almas no hay nada más sano cuando de muchachos pasan a hombres, por más que ellos hayan creído llegar a sabios y poderosos» Teeteto, 172c-173b
«[El filósofo] va acá y acullá por todas partes, «por bajo tierra» según el verso de Píndaro, y mide lo que hay encima de ella «y por encima del cielo», contemplando las estrellas y en todas partes investiga la naturaleza de lo que es. Pero no desciende a nada de lo que tiene en sus proximidades. –¿Cómo dices esto, Sócrates? -Lo digo tal como, cuando Tales, Teodoro, para contemplar las estrellas alzó la vista y cayó en un pozo, una muchacha lista y chistosa, tracia, se burló de él pues se afanaba en saber lo que hay en el cielo pero le pasaba desapercibido lo que tenía ante si, a sus mismos pies. Y esta misma burla sigue alcanzando siempre a los que viven en filosofía. Pues en realidad un hombre así no sabe nada ni de su prójimo ni de su vecino, no sólo no sabe lo que hacen, ignora incluso si es un hombre o cualquier otro ser. Pero lo que el hombre es y lo que le conviene por naturaleza hacer o padecer a diferencia de los demás, esto lo investiga, y en la indagación se busca complicaciones», Teeteto, 174a-b
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Pero, ¿cómo no asombrarse? Ya lo dejó escrito Blaise Pascal:
«El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero, aun cuando el universo le aplastara, el hombre sería más noble que lo que le mata, porque sabe que muere, y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo no sabe nada de esto».
Y recuerdo unas palabras del filósofo alemán Kant, otro gran defensor del asombro como fuente de sabiduría:
«Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».
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¿Cómo no asombrarse ante la vida, el universo, el lenguaje, las matemáticas, el hombre, el arte, la belleza, la bondad, la música, la conciencia, la amarilla flor del tojo, los microchips, el deseo erótico, ETCÉTERA?
Ese Universo real, ese baño de moléculas de oxígeno, nitrógeno, dióxido de carbono, etc…, que continuamente nos azota e incluso atraviesa y traspasa con ondas, partículas, radiaciones, fotones y neutrinos. Ese Universo cuyo destino es el frío y el uniforme agotamiento final.
Y la vida, que, considerada a escala cósmica, es un proceso irrelevante y casi invisible. La cáscara de nuestro planeta como un oasis o excepción de vida en medio del desierto y erial cósmico.
Y el lenguaje, que gracias a un aparato fonador y un cerebro pre-programado genéticamente para el aprendizaje y el uso mismo del lenguaje, nos permite hablar y escribir, diferencia abismal respecto a otras especies de animales.
Y tantísimas cosas más. El asombro, súbita sorpresa del alma, pasión útil por lo extraordinario; mientras viva, EN MIS OJOS LATERÁ IGUAL LA CURIOSIDAD TANTO COMO EL ASOMBRO.
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Asombrarse es un hecho estético y cognitivo (preguntarse y sentir), que eriza la glándula pineal, y que consiste fundamentalmente en una «grandeza» o, por así decir, una belleza o paradoja extrema, capaz de llevar al espectador a un éxtasis nervioso MÁS ALLÁ DE SU RACIONALIDAD, o incluso de provocar cierto dolor por ser IMPOSIBLE DE ASIMILAR.
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Kant nos dice: “EL ESPECTÁCULO DE UN CIELO ESTRELLADO EN UNA NOCHE SERENA NOS INFUNDE UNA ESPECIE DE GOZO QUE SÓLO LAS ALMAS NOBLES PUEDEN SENTIR”.
Lo sublime, el asombro, el entusiasmo o la maravilla, usado en el momento oportuno, pulveriza como el rayo todas las cosas, y muestra en un abrir y cerrar de ojos y en su totalidad, los poderes de lo común y vulgar, de lo anodino y escondido, transfigurándolos, convirtiendo una trivialidad habitual en un RECUERDO DURADERO E INDELEBLE, ÚNICO Y EXCEPCIONAL.
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El asombro te conduce a UN PROFUNDO Y MISTERIOSO SENTIDO DE LA BELLEZA Y ENIGMA DEL UNIVERSO… Y DE LA TRISTE BELLEZA Y DESOLACIÓN DEL SUFRIMIENTO HUMANO.
EL ASOMBRO SE RELACIONA CON LA PASIÓN, DESLIGÁNDOLA DE LA RAZÓN: EL ASOMBRO NOS AFECTA DE FORMA INMEDIATA E INSTANTÁNEA, COMO UN GOLPE, ACTUANDO DE FORMA MÁS RÁPIDA QUE LA RAZÓN, POR LO QUE ES MÁS PODEROSO.
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No lo olvidemos: «Los ojos tienen campo para espaciarse en la inmensidad de las vistas, y para perderse en la variedad de objetos que se presentan por sí mismos a sus observaciones. Tan extensas e ilimitadas vistas son tan agradables a la imaginación COMO LO SON AL ENTENDIMIENTO LAS ESPECULACIONES DE LA ETERNIDAD Y DEL INFINITO», Joseph Addison, “Los placeres de la imaginación”, 1711.
