
(Monólogo del escritor loco)
Solo hablaba pedacitos de palabras. Barba rala, mejillas rojas; mi cráneo, sucesivamente, adquiere el tamaño de un niño; no me salen pelos en la barba, mi cuerpo se va encogiendo, ubuntu, tam-tam, tamaragua, defectuoso mecanismo de la mente, ¡bu! ARRUGAS, y perfil de protozoario.
Leo, ¿sabes? Libros polvorientos y con manchas de humedad hasta el techo: desconchada pintura en las paredes debido a la constante humedad: ventana con barrotes: la única ventilación. Junto a la cabecera de la cama una palangana que rebosa abominables mucosidades, miasmas: olor a hierro batido de herrería por toda la casa.
Urubú babia macuco y grasa chorreando. Aquí mis sandalias. Allá dos o tres cucarachas dentro de los calcetines. Mi arrogancia sufre. Yo, émulo jactancioso de Flaubert, y no me leen. Imagínate, lector, lo enfurecido que vivo. Reptiloide escurrimiento labial mi prosa. Zorritas meditadoras de proscenio mis novelas. Y no triunfo, lector, nadie me lee, DESCONO…
Yo doy muestras reiteradas de cordura y sumisión a los editores. Soy delicado, educado, discreto, piel de marfil. Me desvelo en labor penumbrosa y no triunfo.
…CEN MI TALENTO.
¿La idea de mi novela? Verdaderamente original. Lo divido en dos vastas zonas: la primera sería la gloriosa, la paradisíaca; allí Pound acoge el alma del bienaventurado; en la otra se desarrolla el episodio infernal de una emasculación y la sepultura de Torquemada. Refiero los pormenores a mis amigos, pero se muestran escépticos. No sé.
