Diario de Aquitania 18

(NUTRIMENTUM SPIRITUS. Inscripción en la Biblioteca Real de Berlín)

“El amor a los libros, lo vuelvo a decir, dura toda la vida, nunca desfallece ni falla, sino que como la Belleza misma, siempre es un placer”, George Holbrook Jackson.

«El librero M. Lehec amó sus libros de tal grado que no fue capaz de venderlos, pues consideró que serían muy raras las personas dignas de merecerlos», Guillaume Apollinaire.

«No es probable que te enamores de alguien, por encantadora que pueda ser esa persona, si la conoces de toda la vida. Lo que conoces perfectamente no te lleva a enamorarte, y enamorarse de un libro no es muy distinto de enamorarse de una persona», Harold Bloom.

«Un gran libro sigue siendo un pedazo de tranquilidad, suculenta y nutritiva en un mundo ruidoso, al cual me acerco y bebo con “una especie de ávido goce”, como Marcel Proust dijo de esas habitaciones de su antigua casa, cuyo aire estaba “saturado con el bouquet del silencio”», George Boole.

«Ningún hombre carece de amigos mientras cuenta con la compañía de buenos libros», Johann Christoph Friedrich Schiller.

«Estimo tanto los libros que me los figuro vivientes y que, al leerlos, converso con ellos», Jonathan Swift.

«Unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros», Juliano.

«El bibliómano tiene libros para poseerlos, para darle gusto al ojo; toda su ciencia se limita a saber si son de buena edición, si están bien encuadernados; en cuanto al contenido, es un misterio en el que no pretende iniciarse», Julien Cain.

«Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo; como toda pasión, está ligada a una predilección por todo aquello que rodea su objeto, que tiene alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia», Marcel Proust.

«La pasión por los libros, que parece es de las más nobles, es una de aquellas que tocan de cerca la manía. Alcanza toda suerte de grados; presenta toda la variedad de formas y se clasifica de acuerdo a sus particularidades como su objeto mismo. Se diría innata en ciertos individuos y producida por la naturaleza, se presenta en algunos desde muy temprana edad», Sainte Beuve.

«…todas las veces el gusto por los libros se adquiere paulatinamente. De joven, de ordinario se advierte poco su precio; se abren, se leen y se les rechaza fácilmente. Se les quiere novedosos y que halaguen tanto a los ojos como a la fantasía. Se busca un poco la misma belleza que en la naturaleza. Amar a los libros viejos como gustar el buen vino es signo de madurez», W. Pater.

«Quien hace un libro parte de sí, debe saber que, como hijos adoptados, los libros necesitan casa, comida y sustento», San Anselmo.

«El temblor estético provocado por el libro tiene lugar a través de los sentidos: la vista, que disfruta la simetría y las proporciones; el tacto, que prolonga el placer de la mirada en el sello de agua o en la textura del papel; el olfato, reconocedor del sitio de origen del libro; el oído, que goza el peso y el paso de las hojas; el gusto, cuando identificamos la piel de una encuadernación, Menéndez Pidal.

«Desde la fundación de la legendaria biblioteca de Alejandría, el hombre ha tenido la inquietud de conjuntar en un espacio todo el saber existente y esta obsesión ha dado pie a otra igualmente complicada: ¿Cómo ordenar este universo? La historia de las llamadas librerías y de su catalogación lo demuestra: la biblioteca es un laberinto arbitrario en el que el usuario debe rescatar cada libro de la categoría a la que ha sido condenado durante su catalogación», Alberto Manguel.

«El ambiente de las bibliotecas, aulas y laboratorios es peligroso para los que se encierran en ellos demasiado tiempo. Porque los separa de la realidad como una niebla», Porfirio Barba Jacob.

“Cuánta gente hay sobre cuya biblioteca se podría escribir, como en los frascos de las farmacias: “Para uso externo””, Alphonse Daudet.

«No hay tal cuna de la democracia en la tierra como la Biblioteca Pública Gratuita, esta república de las letras, donde ni rango, cargo, ni riqueza recibe la menor consideración», Andrew Carnegie.

«Solo los que la han llevado a cabo conocen la magnitud de la tarea que es mover y ordenar unos cuantos miles de volúmenes. Por ahora poseo 5,000 volúmenes y son más queridos para mí que los caballos de los que me estoy deshaciendo, o que el vino de mi bodega, que se va muy fácilmente y del que también me enorgullezco», Anthony Trollope.

«Lo que es más importante en una biblioteca que cualquier otra cosa, que todo lo demás, es el hecho de que existe», Archibald MacLeish.

«Soy el santo, orando en la terraza, como las bestias pacíficas que pacen hasta el mar de Palestina. Soy el sabio del sillón sombrío. Las ramas y la lluvia se lanzan contra la ventana de la biblioteca», Arthur Rimbaud.

«Como las capas de la tierra conservan los seres vivos de épocas pasadas, así conservan los estantes de las bibliotecas errores pasados: vivos y muy ruidosos, como aquellos una vez, pero ahora, rígidos y petrificados y que sólo estudia el paleontólogo literario», Arthur Schopenhauer.

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Las bibliotecas son la única memoria segura y duradera del género humano, la manera en que cada uno de nosotros, que no posee más que una memoria muy limitada e incompleta, conecte con la del género humano.

Mi biblioteca es rica, no exigua, pero muy mal ordenada. Son tal la masa de conocimientos dispersos, que me cunde poco. Heredé una biblioteca, la de mamá, y, esto acaso mejor, durante toda una vida reuní otra.

Los libros nos conectan con la intuición y el conocimiento, dolorosamente extraídos de la naturaleza, con las mentes más grandes que alguna vez fueron, con los mejores profesores, procedentes de cualquier lugar de la tierra y de toda nuestra historia, para instruirnos sin cansarnos. Y nos inspiran para hacer nuestra propia contribución al conocimiento colectivo de la especie humana.

Creo que la salud de nuestra civilización, de nuestra especie y de nuestra democracia, la profundidad de los fundamentos de nuestra cultura, se ponen a prueba en el amor y apoyo de las bibliotecas, la lectura y los libros.

Yo miro con recelo un libro que permanece sin ser tocado durante años en mi casa. Pienso que puedo decir con seguridad que ningún libro en mi biblioteca continúa sin ser abierto durante más de un año, excepto mis propios libros. Un vistazo o consulta a los miles de libros de mi librería, siquiera ocasional, es una condición para mi paz mental.

Recuerdo las palabras de Lamb: “¡Qué lugar para estar es una vieja biblioteca! Parece como si todas las almas de todos los escritores que han legado sus trabajos a estas (bibliotecas) Bodleianas estuvieran descansando aquí como en algún dormitorio No quiero manipular, profanar las hojas, sus mortajas. Podría tan pronto desplazar a una sombra. Me parece inhalar aprendizaje, caminando en medio de su follaje, y el olor de sus viejas cubiertas con olor a polilla es fragante como la primera floración de las manzanas del conocimiento que crecen en medio del huerto feliz”.

Y asimismo recuerdo las mágicas palabras de Pennac: “Queridas bibliotecarias, guardianas del templo, qué suerte que todos los títulos del mundo hayan encontrado su alveolo en la perfecta organización de vuestras memorias (¿qué haría yo sin vosotras, yo, cuya memoria es un solar sin edificar?); es prodigioso que estéis al corriente de todas las materias ordenadas en las estanterías que os asedian…, pero sería bueno, también, oíros contar vuestras novelas favoritas a los visitantes perdidos en el bosque de las lecturas posibles. ¡Qué bonito sería que les regalarais vuestros mejores recuerdos de lectura! Narradoras, sed mágicas y los libros saltarán directamente de sus estantes a las manos del lector”.

Efectivamente, cualquier cosa que los teólogos pudieran decir acerca del Cielo, como ese estado de unión y beatitud con Dios, yo sé que consiste en una hilera de libros infinitos, y que la eternidad… es simplemente lo que le permite a uno leer de manera ininterrumpida para siempre.

Hay algo profundamente melancólico en estar en tu biblioteca y saber que hay libros que no leerás jamás pero, por desgracia, más melancólico es, como sabía Canetti, no ignorar que no es frecuente el deseo de la gente de formar su propia biblioteca.

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«Es natural que una biblioteca no pueda estar en mejores condiciones que las mentes de su junta directiva», Ezra Pound.

«La biblioteca es una caja de ideas, una caja de sorpresas. Cuando yo era pequeño, cada vez que iba y luego salía, tenía la sensación de haber descubierto algo, me sentía más grande. Mediante la lectura uno se desarrolla, tiene un modo de vida diferente al de los demás, se vuelve diferente. La biblioteca es como el agua», Amós Oz.

«Es más fácil llegar a santo como bibliotecario en Yucatán que como mártir en Toledo», Gabriel García Márquez.

«Bajo el imperativo categórico de leer y ser culto, una biblioteca es una sala de trofeos», Luis Sanz Leví.

«Su biblioteca ya le quedaba demasiado chica, como si fuera un traje. Es innegable que las bibliotecas pueden volverse demasiado estrechas o demasiado holgadas para un espíritu», Georg C. Lichtenberg.

«Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria», Marvin Minsky.

«Una gran biblioteca contiene el diario de la raza humana, George Mercer Dawson.

«Si la humanidad perdiera sus bibliotecas, no solamente sería despojada de ciertos tesoros artísticos, de ciertas riquezas espirituales; más aún, perdería principalmente sus fórmulas para vivir», Georges Duhamel.

«Las bibliotecas son los santuarios del espíritu», Hume.

«Las bibliotecas son depósitos de la fuerza, la gracia y el ingenio; recordatorios del orden, la calma y la continuidad; lagos para la mente, ni calientes ni fríos; luz, no oscuridad… En cualquier biblioteca del mundo, estoy en casa, inmóvil y absorto», Salustio.

«La biblioteca de un escritor debe estar formada por cinco o seis libros, que son todas las fuentes que hay que releer todos los días. Por lo que toca a los demás libros, es bueno conocerlos y basta», Gustave Flaubert.

«Mis hermanas mayores, cuando yo era pequeño, me llevaron a la biblioteca, y de ese modo transformaron mi vida. Al cabo de un tiempo encontré allí mi propio camino, y nací dos veces», Harold Bloom.

«De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: ¿Por qué no vienes más a menudo? El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la vida para indicar el placer o cualquier distracción tonta», Henry Miller.

«El estudiante tiene su Roma, su Florencia, toda su brillante Italia, entre las cuatro paredes de su biblioteca. Él tiene en sus libros las ruinas de un mundo antiguo y las glorias de uno moderno», Henry Wadsworth Longfellow.

«Una biblioteca es pensamiento en estado de suspensión», G.B. Shaw.

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Los libros de mi casona son como casas antiguas, llenas de la presencia de los hombres y mujeres que vivieron en ellas en el pasado, con su bagaje de alegrías y aflicciones, amores y odios, sorpresas y decepciones, esperanzas y renuncias. Pensándolo bien, yo, Christian, solo he vivido en casas viejas…

Los libros son mi Navidad diaria.

Me encanta vagabundear entre ellos y concederme el placer de asaltarlos; y estar así en todas las partes del globo y la mente.

Con el ciego Borges, archilector: “Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica”. O también: “A lo largo del tiempo nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir”. Y por último: “Sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse, y que la biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Ah el buscar el sentido de los libros en los sueños o en las pálidas y caóticas líneas de la mano:

Lento en mi sombra, la penumbra hueca,
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

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