
Las 3 de la mañana. Escribo esta nota escuchando a Maria Anna Cecilia Sofía Kalogeropulu, María Callas, cantando con la orquesta de la Scala de Milán, el área Santuzza de Caballería rusticana. Lloro de felicidad.
Los múltiples aspectos, ay, de la felicidad. Pero la felicidad no tiene premisas lógicas. “Glück ist ohne Grund”, la felicidad no tiene fundamento ni razón. No puede reducirse a ecuaciones matemáticas ni a leyes biológicas. La mayoría de procesos orgánicos se producen en medio de una complejidad colosal; nos bombardea el sistema nervioso (miles de receptores) nuestros músculos, tendones, articulaciones, fascias, y muchos otros órganos corporales, pero la felicidad es sin por qué.
Ayer leía -lo encontré en una librería de viejo- el nº 87 de “Revista de Occidente”. Disfruté como una bestia con artículos de Aurora de Albornoz y Uslar Pietri, con una nota de un novísimo Savater a Cioran (su “Mauvais Démiurge”), y sobre todo con un articulillo o crítica -me saltó el corazón de alegría- del malogrado Alfredo Deaño, muerto muy prematuramente, cuando tenía toda una vida por delante para desarrollar su obra. Horas de felicidad.
Con mis naves me adentro en la noche, faenando en sus aguas, viendo las obras de la Luna y sus maravillas en lo profundo. ¿Felicidad? Permitidme la atingencia de Petrarca: “Reduci i pensier´vaghi a miglior luogo”, “Encamina los vagos pensamientos a mejor sitio”. Gracias. De veras.
