Diario de Aquitania 27

No existe una opción verdadera entre aquello que llamamos una cultura nacionalista y otra universal. Cultura nacionalista es una contradicción en los términos. La cultura no es un instrumento al servicio de no sé qué defensas estratégicas, primacías providencialistas o exhumaciones artificiosas de tótems folclóricos. Cultura es ABRIRSE SIN RESERVAS, CONTRASTE DE TODAS LAS EMBESTIDAS VIVIENTES, CONFLUENCIA DE UNA HUMANIDAD DESINTERESADA Y COMPLEMENTARIA. Lo exclusivamente castizo y pintoresco, el ombligo aldeano, la fatuidad de mirar desde la enana ventanita y villorrio, es un error de culturas acomplejadas y a la defensiva. CIVILIZACIÓN ES EXPANDIRSE HACIA ARRIBA. Y GRANDEZA.

La cultura universal es una tradición, un privilegio y herencia de la colectividad. Prendarse de los mejores libros, en cualquier idioma. En catalán y mallorquín, por ejemplo. O en francés, italiano, japonés, checo y alemán. Hay que ser muy flojo para solo leer de tu masía y comarca. Duro de sesera como es dura la madera del icaquillo.

Yo escribo, voy “estotjant” mi obra a ordenador para cuando esté muerto. A veces pienso que la literatura está escrita en una imaginaria -¿lulista? ¿algebraica?- lengua universal como una criatura inocente y dúctil, donde reverberan sonatas de palabras de piel amarilla, de maravillosos blancos, donde saltan fogosas rojeces isleñas, y lámparas altas, y placas de gramófono. Luces sacarinosas, ateneístas, magentas y verdes lima, moradas, caóticas, archiduquesas. Ah palabras sangrientas y ultrajantes, suaves y tórtolas, como “parrupeig”, “vollpellatge”, “vectigal”, “esblalama”, como “muebda”, “unco” o “bellido”. Vibran como ciudades nocturnas y adiestrados halcones.

***

Madrugada. Me levanté a las tres e ignoro –vacío en la memoria- a qué hora me dormí. Soñé que iba montado en un aeroplano de los años treinta y veía abajo una sucesión de letras en caracteres tipográficos distintos, desde los medievales (uncial, gótico, carolingio) hasta los de los actuales procesadores de textos. La avioneta corría velocísima y describía una asíntota que nunca se encontraba con el suelo, aunque paulatina y vertiginosamente, estaba cada vez más cerca. Notaba el aire apretándome muy fuerte las gafas de goma.

La belleza, el lenguaje, es un vuelo. Ojo, oído y olfato discurriendo por los diccionarios y almanaques. Felicidad acechadora, sombra cernida. Las letras son como un nietecillo echando los dientes. Todo va hacia adentro y hacia afuera.

Noche alta. Los caminos perdidos con las lluvias últimas y el agua derramándose sin uso ni tasa, por zanjas y regueras, hace más sola la aldea con su silencio. “Silencio”, Dios, qué palabra.

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