
Mi familia vivía en las afueras de Barcelona, en una casa con algunos lujos donde todo se disponía para la tranquilidad, la comodidad y la paz. Casi rodeada de un olor a pasteles y aguardiente de cerezas.
Nos quedábamos largo tiempo a la mesa, charlando, tras las comidas preparadas con arte. Siento todavía en el paladar la mermelada con queso blanco o bien arenque fresco. Vestíamos buenas telas de lana, cardada y tejida con reverentes cuidados, que uno juraría que mantenía el calor de las ovejas vivas.
Los domingos, antes de ir a comprar tocinitos de cielo y “tortells”, oía motetes y madrigales en la catedral. Recuerdo el toque como rosado de la catedral, aquellos sonidos bellamente bordados, la serenidad que no conturbaba al ánimo.
Dinero, lujo, paz. Muy lejos de esta Democracia falsaria, artificial y meramente nominal. La burguesía demostraba cierto impulso o ímpetu empresarial. El espíritu de lucro era creativo, no defensivo ni negativo, como ahora. La intelectualidad no técnica gozaba de cierta influencia, con dimensiones más allá de lo solo divulgativo. La Libertad se entendía como un fin.
Hoy un burgués no tiene ni idea –ni de oídas- de las obras gramaticales o pedagógicas de Erasmo, por decir algo. Si el capitán Nemo enseñara su biblioteca a los nuevos profesores Aronnax, éstos no entenderían nada. Vivimos, no lo duden, tiempos muy bajos.
