Diario de Aquitania 70

Recuerdo que, hace más de treinta años, mi profesor de la U.B., el lógico y matemático Josep Pla, nos decía (reproduzco sus palabras de memoria). “La matemática, casi como el lenguaje, es un constructo de la mente humana con una vitalidad propia que nos hace pensar que existe con independencia de su conocimiento y de su creación. Esto, permitidme, ser rotundo, es erróneo”. Yo discrepo de esta filosofía; las matemáticas se descubren, no se crean. Permítanme, también, ser rotundo. Quieran o no las matemáticas, los dioses están aquí para quedarse. Más profundo, mejor y más verdadero: quieran o no los dioses, las matemáticas están aquí para quedarse.

Cuando muera mis cenizas irán a parar al mirador de un valle junto a las de mi madre. Deseo que la Academia Prusiana de Ciencias compre la propiedad, la dignifique, e instale una valla. Y que honren mi memoria matemáticos y poetas depositando coronas de flores anualmente y encargando una corona de plata como recuerdo permanente.

Pronto seré ceniza. Santo Domingo de Guzmán presidirá la hoguera donde se quemarán mis libros heréticos. Libros que a veces sueño que tendrán el mismo valor que la famosa “Biblia de 42 líneas” que Gutenberg publicó en Maguncia en 1456, libro en dos volúmenes de tamaño folio, que alcanza más de 1200 páginas.

Pronto seré ceniza. Y viví en una tierra de libros. Una tierra más preciosa que cualquier otra, por su belleza y por las maravillosas, graciosas y placenteras cosas que albergaba; rosas y lirios y flores y violetas, hierbas y plantas olorosas de todas clases. Una tierra donde corría el Karatschú, donde se oía el relincho de caballos junto a mi tienda, donde desayunaba un poco de leche, miel, fresas y un puñado de piñones, y dormía “entre lusco e fusco”. Una tierra, melancólicamente apacible, como la “matinée” concurrida en la ciudad más bella del mundo. Pronto seré feliz ceniza.

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