Diario de Aquitania 73

La condición canónica de Marcel Proust se debe al reconocimiento de sus pares, los otros escritores, y al latido fúlgido que hay en su escritura. También se debe a que, a críticos, profesores y gentes cultas en general, su obra les parece indiscutiblemente cimera.

Proust, en realidad, empezó desde abajo: auto-editando el primer volumen de «A la busca del tiempo perdido» y recibiendo rechazos editoriales (es conocido el que le asestó André Gide) Y murió sin ver publicado el ciclo completo de su novela, así como numerosas obras más o menos menores o accidentales, que aparecieron póstumamente.

Me sé de memoria esta cita de “Por la parte de Swann”:

«Para estas, chic es una emanación de unas cuantas personas que lo proyectan en un radio bastante amplio -y con mayor o menor fuerza, según lo que se diste de su intimidad- sobre el grupo de sus amigos o de los amigos de sus amigos, cuyos nombres forman una especie de repertorio. Este repertorio lo guardan en la memoria las gentes del gran mundo, y tienen respecto a estas materias una erudición de la que sacan un modo de gusto o de tacto especiales; así que Swann, sin necesidad de apelar a su ciencia del mundo, al leer en un periódico los nombres de los invitados a una comida, podía decir inmediatamente hasta qué punto había sido chic, lo mismo que un hombre culto aprecia por la simple lectura de una frase la calidad literaria de su autor».

Prosa de adamascado frívolo, prosa chic la de Proust, aromáticos candelabros, cositas de salones y vidrieras, olores en el jardín veraniego, pieles de liebre en museos de oro, linterna mágica azabache y couché filosófico. Miren esto:

«-Hay en las nubes de esta tarde violetas y azules muy hermosos, ¿verdad, compañero? -dijo a mi padre-; un azul, sobre todo, más floreal que aéreo, el azul de la cineraria, que choca mucho, visto en el cielo».

Y así durante un millón doscientas mil palabras, amigos. Delicioso, queridos. Soberbio, ladies and gentlemen.

Leer no es solo DESCODIFICAR, sobre todo es COMPRENDER. La mayor parte del tiempo el lector interpreta lo que lee en función de lo que ya ha leído (o escuchado) Si no ha leído (o escuchado) lo suficiente, su comprensión se estrellará sin remedio contra el arrecife de sus lagunas. A la hora de comprender hay dos elementos particularmente importantes: el lenguaje y los conocimientos. Se aprende a leer, leyendo. La amplitud, variedad y las experiencias ricas de lectura, te convierten en un lector asimismo rico. Proust es un experto en orfebrería de alta precisión. A una competencia vital e intelectual deficiente, corresponde, como sombra que sigue al sol, una competencia o rendimiento lector deficiente.

Se necesita una cantidad enorme de palabras para describir un prado que, en cambio, físicamente se percibe con demasiada facilidad, como ilustra el siguiente texto de Víctor Hugo, publicado en 1886. Texto que transcribo y dedico a mi maestro el botanista, médico y humanista, que dedico a mi amigo el Dr. Gracia:

“La hierba en Guernesey es la hierba que se ve en todas partes, pero un poco más rica; un prado en Guernesey es casi el mismo césped de Cluges o Géménos. En él encontrarás festuca y poa, que son las primeras hierbas que brotan, pero también grama común y esteba, y barbas de macho, con sus espigas en forma de huso, y alpiste de Canarias, el agróstide que proporciona un pigmento verde, y ballica inglesa, lupino amarillo, holco, que tiene lana en su tallo, margarita de la lluvia, ajo de oso, cuya flor es tan suave y su olor, tan áspero, fleo de los prados, aciano, cuya espiga parece un pequeño garrote, estípites para elaborar canastas y barrón, tan útil para fijar las arenas movedizas ¿Eso es todo? No, también hay dáctilo, cuyas flores se apelotonan, panizo, camarroja, cerraja, y según ciertos agrónomos locales, hasta andropogón. Es la hierba característica del archipiélago (se necesita granito en el subsuelo y el océano para regarla) Y corren dentro de este prado y vuelan por encima de él, escarabajos longuicornios, longuinasos, calandrias, hormigas que ordeñan pulgones, saltamontes babosos, mariquitas; en el aire, la libélula, el icneumón, la avispa, los abejorros de terciopelo, los hemeróbidos de encaje, los crisídidos de panza roja, las ruidosas moscas de las flores, en fin, a junio y en mediodía, un paraíso de entomólogo un tanto soñador y de poeta un tanto naturalista”, Víctor Hugo.

Nunca debiera olvidarse aquel apotegma de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.

El lenguaje es algo fresco y rosáceo, azul cobalto, casi azul de Prusia, un urente “presto agitato”, un cencio compás de duración inagotable. El lenguaje no es solo un esqueleto polvoso, sino sendero “enclotat” de musgo. No es solo espinas de sardina, no es solo una biblioteca mustia que contiene unos pocos libros de hojas amarillentas, sino rojo palacio con gotas de sangre de duquesas, sangre de luz lagunar. A leer se aprende leyendo y viviendo. A escribir se aprende escribiendo y viviendo. Un lector que no conoce en absoluto el terreno al que hace referencia el escrito, se quedará con un palmo de narices. Es indispensable contar con un bagaje lingüístico sólido y opulento para leer y aprender a leer.

Puede que, más pronto que tarde, un algoritmo de IA se apodere tan bien de la mente de Proust (dada la amplia base de datos de él) que escriba como Proust, pero la IA nunca logrará que tú leas a Proust y lo entiendas sin una gran inversión de esfuerzo (y placer) Las estructuras de conocimientos preexistentes que se inyectan en un texto y permiten así su comprensión y captación de significado, nunca se las puedes ceder a un ordenador, a no ser que desees un mundo todavía más chancho e imbécil que el que se está diseñando. La riqueza lingüística, el lenguaje natural, el idioma es patrimonio del hombre, no de la hosca inteligencia artificial.

Proust es necesario e insustituible, la IA, prescindible.

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