Diario de Aquitania 77

(Deseos para el nuevo año)

Así es como termina el mundo, no con un estallido, sino con un gemido. La oscuridad creció rápidamente; un viento frío comenzó a soplar a ráfagas llameantes desde el horizonte, y los copos blancos que caían aumentaron en número. Desde el borde del mar llegó una onda y un claro gemido. Más allá de estos sonidos sin vida, el mundo estaba en silencio ¿Silencioso? Sería difícil transmitir su quietud. Todos los sonidos del hombre, el balido de las ovejas, los cantos de los pájaros, el zumbido de los insectos, el revuelo que constituye el trasfondo de nuestras vidas: todo eso había terminado. Llegó el día. La ira descendió. El gemido ¿Pecado, culpa? ¿Las psicosis maníacas de esas entidades a las que nos referimos como estados, países, instituciones, familia, sistemas -los poderes, los tronos, las dominaciones-, las cosas que perpetuamente se fusionan con los hombres y emergen de ellos? ¿Nuestra oscuridad, patente y visible? Se mire como se mire estos asuntos, se llegó al punto crítico. La ira descendió. El gemido. El resquebrajamiento. Todo había acabado. Al fin, Christian, te reunirás con mamá.

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