Diario de Aquitania 78

Éste que veis aquí, de rostro macilento, de cabello castaño y habla pastosa, frente lisa y desembarazada, de miopes ojos y de nariz corva y mucosa, aunque acaso bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha mucho que fueron de oro, la boca «petonera», los dientes -los que quedan- ni menudos ni crecidos, el cuerpo grande; éste algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de libros mal forjados. Éste llámase comúnmente Christian Sanz Gómez. Fue solitario muchos años, cautivo en manicomios, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades.

Éste os quiere decir, antes que cruce a la laguna de la nada, que le importó más la rosa que el porcino, y que escupió con profunda intensidad de hecho y derecho, en la canallocracia política, en la chungacracia de políticos de diestra y siniestra, que defecó en su giliparla gilidiota gilipollas. Y algo, aunque menos, en la mansedumbre de un pueblo aborregado, que se dejó zaherir asnalmente satisfecho. Época maldita, tiempo de Leviatán, de insoportable literatura mamona y piadosa, de políticos subnormales. Éste que veis aquí, Christian su nombre, desea dejar constancia, negro sobre blanco, de sus repudios y desprecios. Vale.

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