Diario de Aquitania 84

Ya lo decía Chuang Tzu: SER UN HOMBRE ÚTIL SIEMPRE ME HA PARECIDO ALGO DESPRECIABLE Y REPUGNANTE.

«Había dirigido dos revoluciones, engañado a 20 reyes, contenido el mundo entero», sentenció Víctor Hugo al morir Talleyrand, en 1838. Eso preferiría que se dijera de mí, a este útil y ligero, útil y descafeinado, útil y liviano, útil y aéreo, insustancial e invertebrado tipo humano que está creando el siglo. Tipos eficientes, sin rebelión personal y sin análisis. Tipos consumistas de apabullante frivolidad. Tipos de talla tan pequeña que son incapaces de dejar ejemplo o memoria.

Prefiero también a alguien como Critón, discutidor con vehemencia en las calles de Atenas, despreciado y tomado a risa, pero LIBRE. Independiente y digno. De continuo solía citar aquellos famosos yambos:

“Los adornos de plata y la púrpura son útiles
para la escena trágica, que no para la vida”.

Critón o Talleyrand como modelos, sí, frente a tantos mamarrachos.

NOTA BENE: En medio de un confusión nietzscheana adolescente de mis ideas, recuerdo una filípica de mi padre: me habló de esa gente ordinaria, pero buena, que trataba de hacer las cosas bien, pero que sabía que muchas veces no lo conseguiría. Personas humildes, que conocíann sus capacidades y sus limitaciones, que escuchaban las opiniones de los demás pero no se dejaban deprimir por sus críticas, que cuidaban los pequeños detalles porque sabían que las cosas grandes, heroicas, no estarán, habitualmente, a su alcance. Gente con la que da gusta trabajar y convivir. De alguna manera, papá, treinta y cinco años después resuenan tus palabras otra vez en mí, y, SÍ, yo soy o me convertí -eso deseo- en una de ellas, como tú fuiste una de ellas. En el principio de mi escrito, al contrario, me refiero a gentes demandantes, irritantes, inmaduras, imbéciles, a un pueblo no noble, sino a un populacho utilitario e imberbe, en el peor sentido de la palabra.

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