Diario de Aquitania 93

¿Escarfucear, Baltimore, sanguijuela, limosna, patata frita? ¡Contestadme ya, cabrones!

En el nombre de hoy, viernes vulgar de enero, de un dos mil y pico vulgarísimo, lluvia y nubes sin sol. Temperatura inhóspita. Tiempo frío, incapajuso y nóvalo. Hidromonios, tusmelgos por el aire, y también pájaros. Recuerdo mi infancia: placer en las palpitaciones del corazón, calles floridas de muchachitas, aleación de oro fijo e indestructible azur. Colores sucesivos y claro de luna cuando, al anochecer, volvíamos de Sitges. Infancia: aquella leontina de medallón rizado como una valva en cuyas hojuelas mi madre llevaba una miniatura mía. Desplegarse de ángeles limpios en un salón de té con violines.

Ahora, arrojarse al suelo, llorar a gritos, estremecerse con un berrinche de alucinaciones, angustia y delirios. El asco avanza en forma de grasiento vómito revuelto con grumos de ajiaco. Perennemente cansado, y sin fe ni valor. Sin esperanza. Temblor. Vacío. Muerto en las brasas, en el suelo del océano, con un cojín contra la boca que me impide respirar. Tengo que medir con mi cerebro que no funciona bien la disfunción de mi propio cerebro. El espectro decapita faunos, el espectro recorre lágrimas hundidas en hierro, y siente áspera la longitud de la tierra y de mi cuerpo.

Miro la Luna. Espero no verla aún más.

Deja un comentario