Diario de Aquitania 110

Soy un adicto -de ahí vengo- a lo que podríamos llamar la clase patricia prusiana. Nada que ver con la aristocracia de sangre, sino con la autoridad y la respetabilidad (en latín, «auctoritas» e «imperium») de -insisto- patricios señoriales (mi familia se dedicó a la milicia, la banca y la administración del Estado)

Desprecio a la pequeña burguesía o al proletariado, que prácticamente no han dado nada de valor en la historia de la cultura. A nosotros, a los míos, tanto nos interesó el dinero como los vaivanes y hechos de la política y, sobre todo, de la Alta Cultura.

Recuerden: «per què no ens governen els millors? On ha anat a raure la bona idea que el governant, o els responsables de l’art, l’educació i el pensament, han de sortir dels ciutadans de més patent, idea que travessa la història d’Europa entre Ciceró i… Thomas Mann, i d’altres homes de gran cultura del seu temps? Ara tothom enalteix “el poble”. Però al pas que van les democràcies occidentals, acabarà tenint raó Flaubert quan deia, pleonasme inclòs: “El poble sempre serà un etern menor d’edat”», Jordi Llovet.

***

Lo único que es deseable es que el precio del auge de las masas, de esa auténtica “rebelión de las masas” que se está produciendo ante no ya el deterioro, sino la franca y abierta degeneración de los políticos de uno y otro signo, no finalice con el mandato de otro Lucio Cornelio Sila, y con el legado de conflictos civiles que ahogaron en sangre a la república romana. Eso sí, al igual que Marco Tulio Cicerón, esgrimamos el derecho a entonar en voz alta a nuestros más que indignos dirigentes “Quosque tándem abutere patientia nostra?”

Deja un comentario