Diario de Aquitania 112

Abascal se basa en el «Führerprinzip», la idea de que el líder siempre tiene la razón, promulgado por una incesante propaganda, y reforzado por su aparente éxito -en fin- en política internacional. Sus seguidores son acríticos borregos, a qué dudarlo.

***

El matemático y filósofo Frege se sorprendió un día que lo alabaron por el hecho de que SOLO usaba aquellas palabras cuyo significado conocía. El rigor diamantino debiera ser «conditio sine qua non» del periodismo. Vivimos dentro de un misticoide brebaje espiritual de autoayuda.

***

«El demagogo es una figura peyorativa: es conducirlo mal (en definitiva, conducirlo mal tras fracasar en el empeño de conducirlo adecuadamente). El Demagogo se deja llevar por su propio interés, por el deseo de medrar en el PODER, enriquecerse. Para lograrlo echa ABAJO todos los principios, todo LIDERATO genuino, y MANEJA a la gente de cualquier manera (en palabras de Tucídides)”, Moses I. Finley.

Sánchez es el típico cachuchero o talabartero cara dura pronto para el engaño y la añagaza.

***

Observemos: “La tiranía por lo usual se templa con asesinato, y la democracia debe ser templada con cultura. En ausencia de esto, se convierte en una representación de la locura colectiva”, J. S. Mackenzie. O bien Von Mises: «“¡No hay esperanzas para una civilización, cuando las masas están a favor de políticas nocivas”.

La democracia puede degenerar en oclocracia. A veces -muy pesamista- creo que empieza a irrumpir de forma embrionaria una especie de oclocracia o gobierno del populacho corrompido y tumultuoso.

***

Aznar es el único presidente que aguantó dos horas de entrevista literaria y libresca con Sánchez Dragó. Zapatero, Rajoy y Sánchez no resistirían ni medio segundo.

***

Podemos o Sumar, en el tema del feminismo, se fingen virtuosos y juzgan con severidad a los demás. Fariseos, que pretenden que cumplamos normas que ellos mismos no respetan.

***

«Todavía a finales de Marzo de 1933, cuando ya Alemania -muda como aquellos ciudadanos de Londres que Buckingham le anunciaba a Ricardo- asentía al Horror… Frente a la criminal rendición de los partidos políticos ante la canalla Nazi (que tanto favoreció el entregarse de una sociedad exánime en los brazos de un Führer), frente a los ardorosos himnos de una juventud entusiasmada por la violencia, la vergonzosa claudicación de la Judicatura, el cómplice sometimiento del Ejército, muy por encima del repugnante estrechamiento de manos de von Hindenburg y Hitler, del salvajismo de las SA, de los burdos discursos de Goebbels, de volver la vista hacia otro sitio de la mayoría de la sociedad ante la trituradora salvaje del nuevo Poder… todavía en la noche de Berlin brillaba la orgullosa y desolada Libertad de un Cabaret: “La Catacumba”.

Allí, cada día, un hombre, el actor y presentador Werner Fink, salvaba sobre aquel escenario la dignidad humana. Werner Fink no defendía ideologías políticas. Sus palabras, sus inteligentísimos juegos de palabras, siempre fueron alegres, desvergonzados, la más implacable autopsia de los acontecimientos, con humor, un humor vitriólico, inapelable, inviolable para los asesinos. Mientras pudo, jamás dejó de denunciar las acciones de aquella gentuza que se había apoderado de su nación», José María Álvarez.

***

¿Les suena? ¿Pablo Iglesias, Irene Montero, Yolanda Díaz..?

“El capitalismo asume formas insoportables en el momento en que los fines personales a los que sirve son contrarios al interés del conjunto del pueblo. Entonces procede de las cosas y no de las personas. El dinero es entonces el eje en torno al cual gira todo. Con el socialismo ocurre lo contrario. La visión socialista del mundo empieza por el pueblo y luego pasa a las cosas. Las cosas están subordinadas a la gente; el socialista pone a la gente por encima de todo, y las cosas son sólo medios para un fin”.

Editorial del 15 de julio de 1939 titulado “Capitalismo”, del Ministro de Propaganda, ese enano cojo y diabólico, Joseph Goebbels, publicado en el diario nacional-socialista berlinés ‘Der Angriff’ (Combate)

***

La única razón posible para querer que el Estado Leviatán tenga legitimidad hoy en día es la creencia de que tú y tus amigos van a estar a cargo de él. Pero no llames a eso patriotismo. No es más que ansias de poder.

***

«El principio de que cada cual es el mejor juez de sus propios intereses, interpretado como lo interpretan las personas que formulan esas objeciones, probaría que los gobiernos no deberían cumplir ninguno de los deberes que se les reconocen, es decir, que en realidad no deberían existir», J.S. Mill.

***

«Los cafés son un rasgo característico de Europa. Van del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa, a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés antiguos o característicos en Moscú, que es ya un suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés obtendrá una de las referencias esenciales de la “noción de Europa”.

El café es un lugar de encuentro y complot, de debate intelectual y chismorreo, el lugar del flâneur y del poeta o del metafísico con sus infaltables cuadernos. Está abierto a todos y sin embargo también es un club, una francmasonería de reconocimiento político o artístico y literario, de presencia programática. Una taza de café, un vaso de vino, un té con ron franquean el paso a un local donde se puede trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente pasar el día cómodamente. Es el club del espíritu y la “lista de correos” de los que no tienen domicilio. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergaba a la oposición política, al liberalismo clandestino. En la Viena imperial y de entreguerras tres grandes cafés constituían el ágora, lugar para la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras de estética y de economía política, de psicoanálisis y de filosofía. Las personas deseosas de encontrar a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían con precisión en qué café buscarlos, en qué mesa sentarse. La última vez que Danton y Robespierre se entrevistaron fue en el Procope. Cuando en 1914 las luces se extinguen en Europa, Jaurès cae asesinado en un café. Y en un café de Ginebra, Lenin trabaja en su tratado sobre el empiriocri­ticismo mientras juega a ajedrez con Trotsky.

Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés, un bar irlandés poseen un aura y una mitología particulares. ¿Qué sería la literatura irlandesa sin los bares de Dublín? ¿O dónde si no en la Museum Tavern habría encontrado el doctor Watson a Sherlock Holmes? Pero ésos no son cafés. Ahí no hay tableros ni periódicos colgando de su costilla de madera para que los clientes dispongan de ellos. No es sino hasta hace muy poco que tomar café se ha vuelto en Gran Bretaña un hábito público, envuelto aún en un halo italiano. El bar americano cumple un papel considerable en la literatura y el eros de ese país, en el carisma de figuras como Scott Fitzgerald o Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él. Pero el bar americano es un santuario de penumbras, incluso de oscuridad, que palpita al ritmo de una música no pocas veces ensordecedora. Su sociología, su ropaje psicológico están impregnados de sexualidad, de presencias femeninas esperadas, soñadas o reales. Nadie redactaría un tratado de fenomenología en la mesa de un bar americano (cf. Sartre). Para poder permanecer, los clientes deben renovar sus consumos. Hay “desalojadores” para expulsar a los indeseables. Cada uno de estos rasgos define un genio radicalmente distinto del genio del café Central, del Deux-Magots o del Florian. “La mitología existirá mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, conocedor apasionado y peregrino de los cafés. Mientras haya cafés, la “noción de Europa” tendrá contenido», George Steiner, «Una idea de Europa», 2005.

***

«Café y tertulia. Para una amplia mayoría, estas dos palabras poseen un claro sabor decimonónico, que llegaría hasta mediados del siglo XX. Ahí empieza su decadencia y casi podría asegurarse -en una primera mirada- que hoy prácticamente no existen. En verdad las tertulias, como reunión de personas que se juntan para conversar de uno o muchos temas, nacieron en la España de Felipe IV, siglo XVII. La palabra vendría del nombre de Tertuliano, famoso orador y sermoneador de los tiempos iniciales del cristianismo (160-245). Nacido en Cartago, al sabio Quinto Septimio Florente, se le apodó Tertuliano, porque se consideraba que su oratoria era tres veces mejor que la del clásico Cicerón (Marco Tulio), o sea Ter Tulio (tres veces Tulio) lo que da Tertuliano… «Tertulianos» serían después, y lo siguen siendo en su modalidad radiofónica o televisiva, quienes hablan o discuten, en los medios dichos, de cara al público.

El café -además de la bebida, originalmente árabe o turca, que sale del cafeto- será (es) un lugar donde se sirven comidas o bebidas, además del café, a gente reunida para charlar y distraerse. ¿Se nos ha olvidado, con el grito y fragor políticos, que hablar, conversar, cruzar opiniones con voluntad sensata, es un pasatiempo y un placer? Pagamos por oír hablar (conferencias, radio, televisión) incluso cuando la calidad es poco notable. En el siglo XIX, los cafés llenan muchas ciudades y habrá desde cafetuchos a salones muy elegantes. Cuando yo era estudiante y aún después, en Madrid, como en otras ciudades, los cafés abundaban. El Lyon (frente a Correos) era un genuino café, aún sin barra, pero estaban llenos de vitalidad y aún de noche con mala vida -que a veces es buena- otros como el Gijón, el Comercial, el Varela o el Teide, el último en el que escribía sus artículos César González-Ruano, hoy maldito. Muchos escritores y en múltiples ciudades están unidos a un café y a los tertulianos que acudían a ese entorno. Una de las más célebres fotos de Antonio Machado, lo muestra sentado en el café de la Plaza Mayor de Segovia. Unamuno iba al Novelty, en Salamanca, que aún existe, y es casi tópico citar el modesto café de Pombo, donde se reunía Ramón Gómez de la Serna. Valle-Inclán, Baroja o Cansinos Assens tuvieron sus cafés y tertulias, más o menos punteros o modernos. Me he quedado voluntariamente en las cercanías, pero recordemos el suntuoso Café Royal de Londres (hoy es un hotel de lujo) donde acudía Oscar Wilde, o el Cabaret Voltaire de Zurich, en parte café, donde se gestó el dadaísmo… Casi todos han desaparecido o no son lo que fueron. El café clásico en parte, ha sido sustituido por las modernas cafeterías -menor lugar para mesas- porque cierta modernidad implicaba rapidez o prisa. Quizá los cafés tuvieron su tiempo y su historia -voluminosa, por cierto- pero, ¿en verdad han muerto del todo? Se ha llegado a pensar que casi del todo, pero hoy mismo, basta que busquemos salones o cafeterías con mesas o terrazas (que desde la pandemia también son de invierno, con sus estufas) para que veamos grupos de gente charlando. En los cafés siempre había estudiantes repasando apuntes, hoy podemos observar -en mesas por lo general laterales- a estudiantes otros, con el portátil abierto, estudiando, escribiendo o repasando temas. En cuanto hay grupos de mesas, surgen estudiantes o tertulianos de diverso género. Hablar es siempre necesario y oír hablar u opinar, sobre ser un placer, puede ser una muy notable fuente de conocimiento. Se dice que, en el Madrid de principios del siglo XX, un ejemplo, muchos cafés estaban llenos porque tenían calefacción y en muchas casas de la época no la había y el frío era notable. En un café se podía comer o cenar bien (los periodistas al salir casi de madrugada de las redacciones) pero también se podía echar la tarde -y casi el día- con aquel «café y media tostada», que solía ser el alimento de muchos bohemios. Yo he visto en el Gijón al buen poeta cordobés Manuel Álvarez Ortega, que había sido veterinario militar pero que era algo tacaño, pasarse la tarde entera en el diván rojo del café, e iba todos los días, horas y horas, mirando o charlando, con la sola consumición de un café con leche.

Hay un tipo de café que ya casi no existe, pero las tertulias se siguen formando (aunque no haya un escritor al centro) en muchos lugares, pues el café se transforma, pero la muy sana voluntad de hablar continúa. Recapitulemos dos cosas: al café -en el formato que sea- se va a charlar y a mirar, espectáculo sublime. Necesitamos hablar y ver. El escritor francoegipcio Albert Cossery -escribía sin prisas en francés- se pasaba las tardes mirando o comentando desde su rincón del Café Flore, en París. Cuando se le decía qué pensaba del incesante bullir de alrededor, contestaba: Están locos. Porque lo cuerdo no es el negocio sino el ocio. Pero la segunda y principal: oír hablar más o menos bien (muchos tertulianos básicamente escuchan) es un enorme placer, y por ello existe la televisión, el cine o el teatro. Pagamos a diario por oír hablar, y si uno sabe y tanto mejor -a menudo tristemente no se paga- por escuchar una brillante conferencia de esto o aquello, amenidad y cultura. A mí me cautivó así el gran parlanchín y mago, Álvaro Cunqueiro. Hablar: cuanto mejor, mejor», Luis Antonio de Villena.

***

En realidad a la globalización inevitable debieramos llamarle balcanización irrestricta.

***

«En grandes extensiones de la superficie terrestre ya han desaparecido las condiciones esenciales de la dignidad y la libertad humanas. En otras, están constantemente amenazadas por el desarrollo de las tendencias políticas actuales. La posición del individuo y del grupo voluntario se ven progresivamente socavadas por extensiones de poder arbitrario»

«Nuestro grupo no aspira a hacer propaganda. No pretende establecer ninguna ortodoxia meticulosa y obstaculizadora. No se alinea con ningún partido en particular. Su objetivo es únicamente, facilitando el intercambio de opiniones entre mentes inspiradas por ciertos ideales y amplias concepciones comunes, contribuir a la preservación y mejora de la sociedad libre».

Declaración de Objetivos de la Sociedad Mont Pèlerin, reunida en Suiza en abril de 1947. Esperemos que se revitalicen esos ideales ante un mundo con un panorama cada vez más oscuro.

Deja un comentario