Diario de Aquitania 113

(Nacionalisme esbojarrat)

El presidente demócrata Lyndon Baines Johnson mintió sobre un supuesto incidente en el Golfo de Tonkin para justificar un aumento dramático de las tropas estadounidenses en Vietnam.

Mentir era algo implícito de la práctica política de Kennedy: como le dijo a Walter Heller, el presidente del Consejo de Asesores Económicos durante su presidencia, las palabras siempre se podían explicar.

Weber definió dos tipos diferentes de políticos en su tiempo: los notables ricos e independientes que podían permitirse vivir «para la política», y los políticos que vivían «de la política», que no eran ricos por otras vías y que se volcaban en la política como una ocupación a tiempo completo y una carrera de por vida de la que obtener sus principales ingresos.

El mundo político no tiene un sentido moral. La forma en que la política alcanza sus fines es la violencia y la mentira. Si un político es superior a otros políticos, es porque ha mentido más que ellos.

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Metternich: «Gobernar es prever». Y no esa cayena pastosa, improvisada, acémila y demagógica que vemos ininterrumpidamente.

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Dice para sí mismo Macbeth:

«I have no spur
To prick the sides of my intent, but only
Vaulting ambition, which o’erleaps itself
And falls on th’othe».

Ambición desmedida, política que se ve asaltada por la ambición. Ay Sánchez, Trump et caetera…

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«Mirad que así como es gran bien y felicidad un rey justo,
gran desgracia es un tirano;
como aquél es el padre público de su país,
así es éste el enemigo común».

John Milton, «El título de reyes y magistrados».

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Joyce se fue de Irlanda porque no soportaba el clima de asfixia nacionalista. Goethe pronto se deshizo del éxtasis patriótico y, en plena ocupación napoleónica, en un clima de nacionalismo agobiante, se atrevió a denunciar la adhesión del artista a su patria. Una tradición copiosa que pasa por Aristóteles, Averroes, León Hebreo y Spinoza establece que, en cualquier acto cognoscitivo, solo el «intellectus agens» puede desvelar la verdad. No la fe, ni la religión, ni la horda, ni ningún dogmatismo, y jamás el fanatismo. En Cataluña el intelecto o la racionalidad y la mesura ponderada, se ha sustituido insensiblemente por la propaganda soez, la parcialidad informativa, y el emotivismo o esa moral simplona frailuna y casi cátara. Pobre Cataluña del rebuzno y no la razón.

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El nacionalismo supone unos relatos míticos que transmiten una lejana y lancinante melancolía. Historias que, invirtiendo el orden habitual del cuento mágico, arrancan de una situación de plenitud -el pasado como paraíso terrenal- y concluyen en la desposesión o estado lastimoso de la actual patria amada debido a que la bota del país supuestamente sojuzgador, ladrón y represor -España- les oprime. Hay que darlo todo entonces en pos de la patria arrebatada, y esperar -luchar por- ese futuro mesiánico en que los «catalanets» triscarán alborozados por los montes, liberados y felices.

El nacionalismo objeta la idea de universalidad, suprime al individuo (difuminándolo en el grupo) y anula la humanidad común (diluida en una serie de etnias) Negar al individuo y a la humanidad, lo prueba la historia, conduce, condujo a guerras macabras. Finkielkraut: “Nada detiene a un Estado preso de la embriaguez del Volksgeist; ningún obstáculo ético se alza ya en su camino: sus súbditos no pueden reivindicar derechos y como sus enemigos no pertenecen a la misma especie, no hay ningún motivo para aplicarles reglas humanitarias”.

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