
Sin el invierno, la primavera no resultaría tan placentera. ¡Qué oscuros días vi! ¡qué vieja desnudez, en todo, de diciembre! En tus primeros tropiezos de aquí a allá, todo lo que encuentras, fuera del refugio, es una miserable extensión de frío. Pronto, como en el juego aquel del soplavivo corra la brasa, corra de mano en mano el fiel calor del hombre.
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Va cayendo la noche: la bruma ha bajado a los montes el cielo: una lluvia menuda y monótona humedece los árboles secos. Ancianas enfurruñadas y absortas en tejer. Adolescentes soñando con sombras soleadas. La luz lila abovedada, campanilleros y castañeras.
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Cuando las temperaturas nos dan un respiro y podemos ya lucir corbata, es el momento de otros tejidos. Para esos días en los que el verano ya se ha ido, pero el otoño no acaba de llegar, siento debilidad por el algodón “seersucker”, que en persa significa leche y azúcar, por su tacto suave a la par que granulado.
Cuando aprieta el frío, entran en escena tres tejidos espléndidos: la franela, el tweed y el cachemir. Es el momento también de reencontrarme con un querido abrigo, mi polo coat, con vueltas en las mangas y amplias solapas cruzadas.
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DE INVIERNO
En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.
Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño
como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
Rubén Darío, “Azul”.
