Diario de Aquitania 119

¡Primavera! La Luna asalta contra los eucaliptos amarillos y se derrama en ecos por el llano. Está lleno de pájaros el mundo. Se oye un pío, pío, junto a la orilla del río. La arboleda es una tarde clara sin cerrojos.

Lorenzo di Pierfrancesco de Médici, primo de Lorenzo el Magnífico, para adornar la Villa di Castello, en la campiña florentina, encarga el cuadro a Botticelli.

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Jazmines de ciencia: el sacramento llega al pasto. El rey cocuyo color cereza. Felices como las felices abejas, el enjambre revoloteando alrededor de los árboles perfectos. Brillante y dorada la niebla en el lago. Me gusta la primavera, sencillamente por serlo. El zorzal alirrojo sigue aquí.

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Un gran escritor, francés del siglo XIX y hoy apenas leído, un monstruo de las letras, Víctor Hugo, dedicó unos versos a evocar, no ya el verano, sino sus tardes.

Verano, bikinis y arenas rubias. «Tarde de verano, tarde de verano; para mí, esas han sido siempre las palabras más bellas de la lengua inglesa», Henry James. Bacanal y saturnales. Nervios del plenilunio largo. Calor de las ciruelas en su sonrisa.

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¡¡Verano!!

Francisco Brines, “Los veranos”:

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos solo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!

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Llegó el otoño a mi vida. John Donne aseguraba que: “No existe belleza primaveral, ni el verano tiene tanta gracia, como el que he visto en un rostro otoñal”. Doscientos cincuenta años más tarde, Percy Shelley escribió: “Hay una armonía en otoño, y un brillo en su cielo, que durante el verano no se escucha o se ve, como si no pudiera ser, como si no hubiera sido”. Ya en nuestros días, otros autores como Stanley Horwitz, han descrito el otoño como: “El invierno es un aguafuerte, la primavera una acuarela, un óleo el verano y el otoño un mosaico de todos ellos”.

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Moriré en otoño, un día del que tengo ya el recuerdo. Un día que se acercará con poco ruido, acaso una tarde algo fría. Ese día tenaz en que a mi conciencia le espera el porvenir o la nada.

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