Diario sin vida 4

Mientras que uno de sus coetáneos, Richard Mulcaster, escribió en su día: «El fútbol, además de ser un gozo particular, es un estado civilizado del mundo; y fortalece los músculos de todo el cuerpo; y, como hace bajar los jugos sobrantes, despeja la cabeza». Y Philemon Holland declara asimismo que, gracias al sudor, evita la cocción de los humores y favorece la «lysis».

Mientras, Shakespeare no encontraba esta actividad muy de su gusto. De ahí que en su obra de teatro «La comedia de las equivocaciones», hiciera que el criado Dromio se quejara a su señora Adriana de esta forma: «¿Por hablar sin tantas vueltas me pateas como si fuera un balón de fútbol? Tú me lanzas de acá para allá y él me lanza de allá para acá. Si sigo sirviéndolos, me tendrán que forrar en cuero». Y una década y pico después acuñó en «El rey Lear» la siguiente amonestación: «¡Tú, despreciable jugador de fútbol!».

Pero, en resumidas cuentas, ¿qué sería de nuestro amado fútbol sin la sabiduría del alemán del «Milagro de Berna», Sepp Herberger, aquella frase, «Después de un partido es antes de un partido», o la definición, entre algebraica y lacaniana, de Lukas Podolski, «El fútbol es como el ajedrez, pero sin los dados»?

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BÁRBAROS

¿Qué será de mí sin las muchachas italianas
que amasan “bocconotti”, sin los padres jesuitas
de Calcuta, “Uber”, “El Corte Inglés”, los manicomios
donde pasean las pantorrillas de Hércules,
los campamentos del Opus, el fútbol por la radio,
“Las Meninas”, las películas, la luz de “Ikea”,
las noches de vino y rosas, las noches convertidas
en montañas de miedo, los trajes sin almidón ni tiesura,
los tragaluces de un camarote, sin la ecuación de Dirac,
sin los amuletos que preservan el amor?
¿Cómo puede ser mi vida sin incunables ni libros?
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Mi vida solo fue una mísera frecuentación
de bibliotecas y manicomios, como estar
en la sentina de un barco carbonero.
Desconozco las destrezas de la realidad, y mi
afeminamiento es absoluto en aspecto
y maneras (tez delicada, cabello rizado,
talla pequeña, pies chiquitos y torpe de
movimientos) Solo sé de tipografías y obispos.
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¿Y qué va a ser de mí sin papiros ni catedrales?
Estas cosas, al fin y al cabo, eran una solución.

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Mi nuevo lema:

«Semant icy un mot, icy un autre, eschantillons dépris de leur piece, escartez, sans dessein, sans promesse : je ne suis pas tenu d’en faire bon, ny de m’y tenir moy-mesme, sans varier, quand il me plaist, et me rendre au doubte et incertitude, et à ma maistresse forme, qui est l’ignorance”, Michel de Montaigne. Essais, Livre I, Chapitre L, “De Democritus et Heraclitus”.

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Existen razones para no ser original y no ser menospreciado por ello.

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Burton, en «Anatomía de la melancolía» nos cita: «Nosotros vivimos como haraganes españoles, entre tabernas y cervecerías», aunque también, citando a Cipriano Echovius, recomienda entre todas las ciudades de España a Barcelona, «en la que no hay mendigo, ni pobres, etc., sino que todos son ricos y están en buena posición» y da como razón «que todos eran más religiosos que sus vecinos.» En cambio, Madrid, «la sede del rey: un aire excelente, un lugar agradable, pero los habitantes son personas desaseadas, y las calles están sin limpiar».

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«Las preciosas ridículas» se representó en París en el Théâtre du Petite-Bourbon ante el rey Luis XIV en el año 1659. El regocijo manifestado por el rey proporcionó a Molière el patrocinio, y contribuyó a la consolidación de su reputación.

Meghan Markle es una ridícula estratosférica (ver Netflix)

«LA GRANGE.- En cuanto a mí, os confieso que me tiene completamente escandalizado. ¿Se ha visto nunca a dos bachilleras provincianas hacerse más desdeñosas que estas y a dos hombres tratados con más desprecio que nosotros? Apenas si han podido decidirse a ordenar que nos dieran unas sillas. No he visto jamás hablarse tanto al oído como hacen ellas, bostezar tanto, restregarse tanto los ojos y preguntar tantas veces: «¿Qué hora es?» No han contestado más que sí o no a todo cuanto hemos podido decirles. ¿Y no confesaréis, en fin, que aun cuando hubiéramos sido las últimas personas del mundo, no podía tratársenos peor de lo que lo han hecho?»

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Un melancólico es alguien exiliado del mundo (Hamlet otra vez)

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Compro libros viejos y de ocasión. Acuerdo con las observaciones de Andrés Trapiello:

“NINGUNO de los libreros anticuarios que los venden a precios fabulosos tiene cara de haberse leído en su vida un incunable. Ahora, hablan de ellos como cualquier donjuán.

CUANTO más caros son los libros que vende, más se gasta en ropa el librero anticuario. No falla. Basta mirarle las corbatas de seda o los zapatos para saber qué nos pedirá por un libro. Pasa lo mismo en otros gremios: el instinto le lleva al negociante a mimetizarse con sus clientes.

POR el contrario, los libreros de viejo a los que ha tratado uno, nuestros pobres y queridos libreros de viejo, amigos del alma, hermanos de traperías y desamparo, no suelen querer desprenderse de la mayor parte de los libros que venden precisamente porque se los han leído, de lo que jamás presumen: se lo impide el ser ellos, con ese aspecto que suelen tener de vagabundos y misántropos, unos perfectos caballeros.

COMO el de la caza, el mundo de los libros viejos es coto casi exclusivo de los varones, tanto si hablamos de los libreros de lance, de viejo o anticuarios como si lo hacemos de bibliófilos, bibliómanos o lectores compulsivos. Diríamos que en todos ellos perviven las atávicas leyes cinegéticas y un arrojo de cazadores primitivos que estaríamos lejos de suponer en seres por lo general amorfos y pacíficos.

EL LIBRERO anticuario es al cazador de monterías y safaris lo que el librero de viejo es a la caza menor (conejos, codornices, gamusinos), lo que la bala de gran calibre a la mostacilla. Por eso las bibliotecas donde hay esa clase de libros antiguos recuerdan a las mansiones en cuyas paredes se muestran cornamentas y trofeos, y aquellas donde hay libros viejos a pequeñas jaulas de pájaros, a menudo vacías.

EL SEDICENTE bibliófilo no lee ninguno de los libros que compra. Se limita a manosearlos durante unos minutos y cuando ya no puede más, mete en ellos la nariz y sorbe su olor pausada, profundamente, cerrando los ojos, como haría un pervertido con la ropa interior de una mujer a la que nunca podrá gozar”.

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Tengo dificultad para expresarme en español. Adolezco de falta de agilidad y pericia: «Quod intelligit eloqui non potest», como dijo Jerónimo del obispo de Petabio, Epist. 58,10.

Soy del linaje de Carlos Oroza, Teresa Gracia, Eduardo Scala o Miguel Ángel Bernat, pero, a diferencia de esos ilustres precedentes o filiaciones, mis obras no revelan una formación esmerada. Niego mi erudición, aunque reconozca mi buena voluntad: «licei desit eruditio, tamen non deest eruditionis voluntas».

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Lean «Le Vaisseau d’or», La Nave de Oro, del poeta y loco Émile Nelligan y me conocerán ¿Me suicidaré en el Sena como Roger Milliot? ¿Soy un leproso como Gabriel Antonio Escorcia Gravini? ¿Viajaré a Oceanía como Gilberte H. Dallas? El Diablo fundó nuestra nueva religión, y lo hizo para conducir a la humanidad «in agnitionem veritatis».

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Soy un hijo de Leopoldo María Panero y Kathy Acker. Las actas de la primera sesión del concilio de Efeso, que se celebró el 22 de junio de 431, contienen un extracto de una carta del papa Félix al obispo Máximo de Alejandría (265-282) y a su clero. Trata de la divinidad y perfecta humanidad de Cristo, y dice así:

«Por lo que concierne a la encarnación del Logos y a nuestra fe, creemos en nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Virgen María, que El es el Hijo eterno y el Verbo de Dios, y no un hombre adoptado por Dios para ser otro como El. El Hijo de Dios tampoco adoptó a un hombre para ser otro como El, sino que, siendo perfecto Dios, se hizo también perfecto hombre, encarnándose de la Virgen».

Dicen que esta carta fue una falsificación de Apolinar, como falsarios e impostores son mis libros. Acker y Panero lo saben.

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No es que yo tenga algún interés por las palabras, sino que estoy hecho de palabras; no soy nada más, ni puedo ser nada más. Mi sinestesia respecto al lenguaje modifica las líneas y enlaces de comprensión. Todo lo veo difuminado como en una especie de pintura. Evito la fraseología o arquitectura laberínticas, la parataxis o alegorías sonoras (sus buenos años me costó)

Esta serie de aliteraciones son más mías que de Nabokov:

“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta. She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita. Did she have a precursor? She did, indeed she did. In point of fact, there might have been no Lolita at all had I not loved, one summer, an initial girl-child. In a princedom by the sea. Oh when? About as many years before Lolita was born as my age was that summer. You can always count on a murderer for a fancy prose style. Ladies and gentlemen of the jury, exhibit number one is what the seraphs, the misinformed, simple, noble-winged seraphs, envied. Look at this tangle of thorns”.

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«Proust veía los sonidos coloreados», dijo Nabokov. Reconoció que el narrador compartía su propio don de la cromestesia, o lo que él llamaba «audition colorée», en la que un sonido escuchado se convierte en un efecto visual coloreado. Esta forma de sinestesia se pone en juego en el poema de Rimbaud «Les Voyelles».

Es significativo que Nabokov emparejara el nombre del poeta con la palabra «arco iris», en un ejemplo de paronomasia que imita la palabra inglesa «rainbow» -homófono cercano de «Rimbaud» .

La sinestesia y el arco iris son ambos motivos clave en la escritura de Nabokov. En «Ada», Nabokov relaciona la «audition colorée» con la memoria cuando presenta el caso médico de un hombre que nació sin ojos pero con la capacidad de distinguir el color de los lápices por el tacto de la madera. El narrador de Ada es igualmente sensible a las «cajas alargadas de lápices nuevos, sin punta, de tiza de colores» cuya mera evocación desencadena que la memoria «hable en el lenguaje del arco iris» .

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QUERÉTARO COMO LENGUAJE PRIVADO

Habitación lujosa de hotel en Balbec:
«un prisme où se décomposaient
les couleurs et la lumière du dehors»,
y el claro entallado del bosque del arco iris
donde brilla la voz de diamante de mamá:
“a”, talismán rojo de gotas de aire puro,
“e”, azul tul retratado en un espejo,
“i”, sabor y olor, impalpable, frágil
de una cereza blanca, “o”, precisión
meticulosa, pero falaz, del signo púrpura,
“u”, ruido raudo reidor que rueda ronco.

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