
DELIRIUM
Desarrolla tu legítima locura. Oye gatos
ahogados en el bar y en el pecho humano.
Veranos que ultrajan a los inviernos miserables
mientras las luces con sus azules pupilas
te maquillan. Oye espacios cósmicos de
duendecillos, y el mundo imposible del olvido
y del desamor. Oye a los pescadores en ríos
sin odio, pescando zafiros y dientes de tiburón,
y siente las vocales historiadas de piedra,
sus ojos que te hieren del más hermoso temor,
la piel en tu boca que cae en picado desde aguas
bañadas en Luna, los montes donde corren
caballistas desnudas de Cinzano, el pubis que
gravita en las hélices de los váteres de las discotecas,
o la lengua de los ciervos lamiendo tus nalgas.
Oye la mierda de fango de mendrugos leguleyos.
Dicta las normas con el lobo, viaja con el barón Davillier
por playas de silencio con los golpes seguros del augurio.
Ya lo dijo el poeta: abre todas las puertas,
pero no creas ni descreas ninguna, desprécialas
y ámalas a la par. Las de la imaginación, como
pompas de nube, pero preferibles al hastío del oficinista,
las de la realidad, como secretos donde brota la nada,
pero a la vez el tacto del champú con que ella se ducha,
las de la risa, como borrachos incontenibles y rapsódicos,
como pequeños destellos dando golpes de estado,
las de la tristeza, blancas «signoras» italianas, musicales,
en un vasto suicidio en el hotel du Quai Voltaire
-no se soporta el lamentable embudo del sufrimiento.
Y cuando estés completamente loco y tus gestos fatigados,
cuando tu rareza sea carne y oscuro animal de sanatorio,
en el instante en que todo sea real y sueño,
toca la corneta, tensa el violín, habla duro a los relojes,
y te convertirás en la inaudita e inconcebible maravilla
de dar razón, significado y orden a las mismísimas ruinas,
el dar ruina, caos y barbarie al Gran Esplendor.
Nota bene: Hacía décadas que no estaba tan contento con el resultado de un poema.
