
CARTA ABIERTA AL REY EMÉRITO. JE ACUSE.
Majestad:
Es usted gaseoso. Consolidado en inopias.
Su vida fue la fruslería, el rendirse a la fugacidad, el cachondeo, la inmediatez, el latrocinio, la falta de exigencia, la ausencia de una corona moral, el desprecio al conocimiento y la virtud.
Nació rey -el más hermoso destino, junto al de poeta- y se solazó en una astronómica y galáctica, en una brutal mediocridad, abajándose a la cuadra de los cerdos. No supo aconsejar ni guiar. No permitió ser sabiamente aconsejado.
Puso sus sucias manos en la patria. Se creyó más listo que nadie, inmune a sus pendencias. Creyó garantizada la eternidad, y devino en mero charlatán crece-pelos. Nunca asomaron en su liliputiense mente convicciones, ambición y grandeza; sustituyó la grandeza por una ridícula y risible, ramplona campechanía. No lega ni respeto, ni tolerancia, ni honradez, ni cultura. Despreció olímpicamente sus ventajas culturales (no así las financieras, eh pillín), entreténgase a los balandros, los cochinillos, Tele 5 y las putas.
Impío, su egolatría morbosa le acusa. Fue un verdulero o bacaladero con suerte; espero le atufe el olor a dinero entre los moros.
Adiós. El destino del hombre está en su propia alma, Heródoto.
Como dijo Sartre, un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo.
