
De adolescente anhelé una bohemia caracterizada por la desmedida libertad, cagarrutas a las convenciones sociales, cosmopolitismo de figurón, sacralización de mi ombligo… y, sobre todo -merecí un buen hostión- repudio de tus valores (entronización del dinero, confortabilidad, laboriosidad, rigor etc.).
Sentía simpatía por los seres marginales (prostitutas, mendigos, suicidas, inadaptados, locos, parias…) y, en política y vida, tendía a identificarme con cierto balbuciente anarquismo ¡Y tú eras un sapo banquero!
Ah aquellos versos de vahos alcohólicos y humazos de Ducados, los ecos noctámbulos, el disfrazarme de poeta, las cacatúas florilindas en la cabecita y los repulgos por el abrigo. Soñando siempre con las vanidades eunucas del arte, con noches de celajes y putas caras de caliente azul. Perdóname papá. Las innobles ribadas de las palabras no valen (ahora lo sé) una hora contigo.
Papá, el viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgí y ahora agonizo. Más de una década sin ti. Pasó mucho tiempo. De corazón. Si me preguntaran qué querría para el hijo que no tuve, respondería que unos padres como vosotros, gente culta, pero normal, con algo de dinero, pero sin apariencias ni solemnidades. Os echo muchísimo de menos. Os quiero. Te quiero.
