
Leer. Leer. Leer. Sentimos la oscuridad de un orden, el girar de un caleidoscopio, feria de caballitos, una totalidad, el mar, un punto de quietud y refugio. Oriente de mansedumbre frente a la acedía ceñuda de las cosas.
Marzo de 1983, Manresa, Barcelona, noreste de España. Me hallo sentado en la biblioteca, el universo según Borges, pero no sólo por ser la depositaria de nuestra memoria, sino por su naturaleza similar a un organismo. Me atrapan los brazos de un gigantesco pulpo. Algo de frío, sé que es de mañana, que aún duermen en la casa. Yo y mi biblioteca. Glotón de libros científicos y glotón de farándula literaria. Bienvenidos sean los anaqueles, el polvo, las hojas, los peñascos, los salientes, la grava, las grietas rocosas, el coral. Esas ciudades que bullen de gánsteres y deseos morbosos, de tanques de la Segunda Guerra Mundial, y niños desaparecidos regresando de entre los muertos, y huesos desenterrados que portan terribles maldiciones.
Toda una vida ganduleando, sentado, un vivir parásito, de papívoro, de filófago. Y continúa en mí aquella antigua (adolescente, infantil) sobredosis de ilusión, aunque ahora a veces desemboca en fiasco o chasco. Leer es un proceso complejo. Leer en España es un proceso más complejo aún. A través del esfuerzo, la diligencia, la disciplina y el autocontrol, a través del silencio y la soledad, a través del placer, el hombre lector hace de sí mismo una isla que ninguna inundación puede anegar. A salvo en tu isla pirata. Me hallo sentado en la biblioteca, el universo según Borges. Esponjas, propulsión azimutal por popa, anémonas de mar…
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Escritores, abundios mamertos y jumentos, babiecas del gran estupor pasmado, don Tonteques e hiper-pánfilos. Ambrosios y Alipios, batuecos y bolonios, leperos y cuacos. Ciruelos, Apapucios, barrabases o gedeones, escritores gilipichas huevudos y cansinos.
Prosas peso mosca, barbilampiñas, purulentas, con desodorante de Mercadona, que pregonan homilías ratoniles desde el púlpito de sus articulitos analfabetos. Ortodoxos leninistas que les encanta el lujo. Fanfarrones miserables. Los incapaces de mear sin moralizar sobre la cirugía de la vejiga. Escritores traidores, descompuestos, villanos, infacundos, deslenguados, atrevidos, desdichados, maldicientes, canallas, rústicos, patanes, malmirados, bellacos, socarrones, mentecatos y hediondos. Los de las gracietas, los simpatiquillos de humor de peditos y serología. Escritores que no saben nada, empezando por resolver cálculos elementales. Los chupapremios. Los pelotas. Los intrigantes. Los chupacirios. Los colgaos. Los carapollas. Los acomplejados. Los envidiosos. Los mierdas. Los hideputas.
Aquestes sorjuanetes grafococos,
escritorzuelos diluidos en verdes mocos,
payasetes infectados de estreptococo,
desmedrados, prosillas del tampoco,
padrotes gilipuertas, eyaculadores en cuesco,
que les dieron por ser subnormales cocos,
sofritoletras en testas de caralocos.
Escritores con prosa de paja de cochiquera, de foulards, altares y boutiques. Otros de cojones y toros. Otros con sus elfos de mierda. Poetas de revelaciones místicas como las de Pitita Ridruejo. Amariconados con la mala follá propia de la maricona mala. Tostones idiotas, bufones, ETCÉTERA.
Escritores boniatos y berzas, y alcornoques, besugos cruzados con pollino, del linaje de los pollabobas chorlitos, los de cojonazos insipientes, los del burro y sus parientes, ceporros aguanosos, desabridos, de padre merluzo y madre gansa, les patina el cigüeñal, las neuronas, donceles cencerros y embotados, damitas zampabodigas y zampatortas. Una retahíla de desacordados papamoscas.
«Mala cualidad es la tontería, mas, como a mí me ocurre, no poder soportarla e irritarme contra ella es cosa no menos nociva en materia de importunidad. Y de esta cualidad negativa quiero acusarme ahora», Montaigne.
Pero, en definita, sus libros «malgirbats» no son tan inútiles, pues las estupidices de una época dada son, para la ciencia de las épocas sucesivas, tan importantes como su sabiduría.
A quien corresponda, entonces: Thomas de Quincey sobre John Locke: «[…] creo que una objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a cortársela».
