
PLATÓN
Querido Maestro,
fue un amigo que me acompañó
cuando creía que el alma era
inmortal, y el viento un bandolero
suelto. Lo leí en aquellos lejanos
días perfectos de sol, movida
mi mente joven por ponis dorados.
Pero el aroma picante de tostadas
semillas de anís, el tiempo, la vida,
ya no me permiten enlazar
lo suave fugaz con lo áspero eterno,
lo humano con lo divino,
lo terrenal con lo celeste.
¿Bienes peregrinos sus mitos?
¿Meros ladridos por siglos de memoria?
Veo su rostro tan sabio alejándose
del ágora, sus ojos, la mirada,
extraños espejos de la Verdad,
y solo puedo enorgullecerme de su brillo,
recuerdo el calor de las lecturas,
junto a un río y bajo un plátano,
y solo puedo enorgullecerme de sus palabras.
