
Soy escrictamente racional, por lo que creo que existen uniformidades, imposibilidades, improbabilidades, y por lo que creo que unas cosas se siguen de otras y otras no.
Pero creo a pies juntillas en la teoría de la inspiración poética que Platón expresa en el «Ion», donde Sócrates le dice a Ion que ensalza a Homero por un don divino, no por una técnica (“tú no estás capacitado para hablar de Homero gracias a una técnica y ciencia; porque si fueras capaz de hablar por una cierta técnica, también serías capaz de hacerlo sobre otros poetas, pues en cierta manera, la poética es un todo ¿O no?” (532 c) y complementa: “no es una técnica lo que hay en ti al hablar bien sobre Homero […] una fuerza divina es la que mueve, parecida a la que hay en la piedra que Eurípides llamó magnética […] Así también la Musa misma crea inspirados, y por medio de ellos empiezan a encadenarse otros en este entusiasmo” (533 d) Sócrates cita el caso de Tinico de Calcis, que solo escribió un poema en su vida, un peán o canto coral en honor de Apolo, y resultó un alado, y de los más hermosos, poemas líricos. Muchos siglos después, en sus «Cuadernos», Ciorán dice que los antiguos mejicanos pensaban que la poesía era «el viento de los dioses». A Tinico de Calcis le alcanzó una ráfaga de ese viento mágico y grácil. Mucha poesía rutinaria, lúdica, hermética o académica que leo, no goza ni de la sombra de la sombra de ese viento. Viento de los dioses. Caramba, no está mal la idea.
